Y tembló la tierra
El atardecer inundaba de colores cálidos toda la estancia transformando el paisaje y otorgándole un carácter poético, casi mágico que prácticamente había perdido con el tiempo y con lo que los blancos llamaban progreso. Era un regalo para los sentidos el ocaso del día. Sanuye en el crepúsculo de su vida se entristecía al presenciar aquel bello espectáculo, pues siendo poseedora de un tesoro, no podría legarlo a sus descendientes. Ese tesoro parecía inútil en aquella época que le había tocado vivir, ese bien no era otro que su lengua, el alma de su pueblo sometida al horrible y ridículo lenguaje del invasor, guardada en un rincón y olvidada por los suyos.
Así cuando ella muriera se llevaría consigo las historias de los grandes guerreros que tantas veces escuchó junto a un fuego de invierno, el nombre de sus dioses y como el coyote atravesó el gran río, la hegemonía y fuerza de los Salisha y su espíritu pacífico y conciliador, pero también fuerte, enérgico e inapelable, siempre respetuosos con la tierra, el aire, el fuego, los amigos y los enemigos. Todo esto desaparecería y pasaría a ser sólo una sombra perdida en una noche sin luna.
"¿Pero qué puedo hacer yo? Una mujer anciana y nativa, no puede hacer mucho hoy en día, sólo esperar que tiemble la tierra y llegue la muerte, sólo esperar." Pero Sanuye nunca se había rendido, nunca había desistido en toda su vida y decidió pedir ayuda a aquellos que hace mucho tiempo atrás habían protegido a su pueblo: los dioses.
"Y alzaré mi plegaria al sol y a su hermana luna, a los espíritus de mi pueblo en el firmamento y, aunque hace mucho que nos abandonasteis, y que mi pueblo se vio vejado, apartado de las tierras que moraban, obligado a adoptar la cultura, la lengua y el alma de aquellos que tomaron la tierra como suya y la dañaron con total impunidad, a vosotros me dirijo. Permitid, al menos, que quede en la memoria el nombre de un pueblo que vivió, sintió, pensó, habló y actuó de manera diferente. Permitidme que salve mi alma y la de los míos del olvido."
Aquella noche de luna llena Sanuye la pasó en vela, lanzando ruegos a las estrellas, derramando desesperadas lágrimas por aquello que todavía le daba un sentido a su existencia: su identidad.
˜™
A varios centenares de kilómetros al sur de la reserva de la tribu Salisha yo daba vueltas en la cama intentando no pensar en el proyecto lingüístico de estudio de campo que había propuesto, el último de una larga lista. Y es que a pesar de haber sido una de las mejores de mi promoción todavía no había conseguido subvención alguna para ninguno de los proyectos que había presentado, y, aunque me negaba a aceptarlo, cada vez me parecía más obvio que en este constante rechazo jugaba, de alguna manera, un papel demasiado importante el hecho de que fuera una mujer.
Sin poder soportar estar ni un minuto más en aquella cama me levanté furiosa y me dirigí como una flecha hacia la ventana. Enérgicamente, con una violencia que me sorprendió, abrí de par en par sus hojas y dejé que la brisa del Pacífico alejara de mí todos aquellos pensamientos con su tonificante caricia salina.
Tras respirar profundamente volví a mi cama casi con pereza, dejando abierta aquella ventana a la esperanza y al fin, después de noches en vela, conseguí dormirme.
˜™
El insistente timbre del teléfono no paró de sonar la mañana siguiente, así que no tuve más remedio que coger el auricular y, en duermevela, escuchar la familiar voz del director de mi departamento de la Universidad a través del hilo telefónico.
-¿Alana O..Braidy?
-Ahá
-Alana, soy el Dr. Brian Hughs. ¿Alana, me oyes?
-Sí, sí, perdone, dígame.
-Buenas y malas noticias Alana ¿cuál quieres oír primero?
-Las buenas por favor, tal y como tengo la cabeza hoy no creo que soportara empezar el día recibiendo una mala noticia.
-Está bien. Pues allá va la buena noticia: ya tienes una subvención asignada para un proyecto, pero…
Di un salto de la cama y, por supuesto, sin apenas hacer ruido empecé a dar saltos por toda la habitación mientras la voz electrónica me reclamaba al otro lado de la línea. Pero ¿qué más habría que decir? Tenía mi subvención, tenía mi proyecto,… ¿mi proyecto?
-¿Alana? ¿O’Braidy? ¿Sigues ahí?, por favor Alana todavía no he acabado.
-Sí, sí, sigo aquí. Entonces ¿al fin tengo subvención para llevar a cabo mi proyecto?
-Bueno, en realidad tienes subvención para llevar a cabo un proyecto.
-¿Cómo que un proyecto?
-Llevarás acabo un estudio lingüístico en toda regla, pero no será el que tú propusiste.
-¿¡Qué!?
-Lo siento, hice lo posible, pero lo denegaron, ya sabes como funcionan las cosas...
-No, no lo se.
-Entiéndelo, el tema está así, pero conseguí que te incluyeran en un trabajo de campo muy importante de catalogación de lenguas, tenían una vacante y un fuerte candidato, pero tras mucho insistir te han tenido en cuenta. Sé que eres la persona más indicada para el puesto y que, por méritos propios, hace tiempo que deberías estar trabajando en esto, pero las cosas por desgracia no funcionan así. Te aseguro que es muy interesante…
Ya no prestaba atención a lo que Hughs me explicaba, ya no me interesaban sus ofertas. Mi proyecto, denegado, otra vez. ¿Por qué?
-Alana, hazme caso, no lo rechaces, es una oportunidad única, estarás tú sola, podrás demostrarles lo que vales, yo sé que eres muy buena, acepta el proyecto, al menos piénsatelo.
-Pero no lo entiendo – yo no quería tener que demostrar nada a nadie, ya había sacado las mejores notas en mi carrera, en el doctorado y en los dos master, para ello tuve que renunciar a gran parte de mi vida, a mi amor, a tantas cosas. Estaba harta de que se me exigiera más que al resto. El hastío me embargaba. – por ser mujer.
-Alana, no, no pienses eso. Sólo prométeme que vendrás mañana al despacho. Ven a verme, sólo considéralo ¿de acuerdo?
-Está bien, pero…
-Entonces mañana nos vemos.
La línea se cortó, la conversación, al menos en la práctica había acabado, pero yo sentía que me quedaban muchas cosas por decir, por replicar y preguntar, y, poco a poco mi cara se fue humedeciendo con agua salina. Pequeñas, pero incesantes lágrimas recorrían mi rostro precipitándose después sin remedio al vacío. Y, mientras las suicidas bañaban mi cara, decidí darle una oportunidad a ese trabajo taxonómico que había usurpado mi subvención.
˜™
Al día siguiente acudí a la cita con el Dr. Hughs, que siempre me había apoyado, y después de muchas dudas el proyecto se me hizo más atractivo ya que tenía sus retos. Se trataba de intentar recopilar la mayor cantidad posible de información semántica y morfosintáctica sobre lenguas que estaban prácticamente extintas, pero teniendo en cuenta el factor cultural de la lengua, es decir, que entraba en juego algunos criterios antropológicos además de los meramente lingüísticos.
Era una tarea inmensa, demasiado extensa para ser llevada a cabo por un solo grupo de personas, y esto derivó en la decisión de que era absolutamente necesario hacer pequeños grupos de trabajo de dos o tres personas que se centrarían en catalogar lenguas específicas.
Brian Hughs en un principio formó equipo conmigo de manera simbólica, ya que con su labor en la Universidad no podría desplazarse para realizar las tareas pertinentes del trabajo de campo. Pero quiso que constara su nombre, no para poder adquirir méritos, sino para paliar la posible lluvia de críticas y prejuicios hacia mi trabajo, y es que en 1985, aunque nadie quisiera reconocerlo, la diferencia entre los sexos seguía siendo importante a pesar de la revolución acaecida en los años cincuenta, sesenta y setenta. Así pues, para poder ocupar un cargo importante dentro de cualquier organización, una mujer tenía que renunciar a todo lo demás (familia, amor, etc.) y centrarse completamente en sus objetivos laborales y no personales, y, a menudo, ni siquiera de esta forma lo conseguía.
Por esta razón Brian quiso dar su nombre a mi trabajo como un padre da su apellido a un hijo para, de alguna manera, legitimarlo ante el mundo. Pero el hecho era que yo me creía (y me creo) tan válida como cualquier hombre para darle mí "apellido" (tan legítimo como cualquier otro) a mi "hijo" y ser madre soltera del resultado de mi investigación, de mi trabajo y esfuerzo, y única responsable de los posibles errores, pero también de los aciertos, y merecedora de las críticas y los aplausos.
Y así me había puesto en marcha con mi Renault 5, un coche europeo que había sido objeto de burlas por parte de mis compañeros por su pequeño tamaño, recorriendo parte de California, atravesando el estado de Oregón y Washington hasta llegar a la reserva de los Salisha entre Seattle y Vancouver.
˜™
Era media tarde, y el sol se colaba entre las grandísimas coníferas que bordeaban el camino de la reserva cubriéndolo con sus ramas y formando un bello túnel natural, el cual se extendía un centenar de metros hasta una construcción de madera que daba la bienvenida al visitante con su sobriedad y robustez. Y, un poco más adelante, otras construcciones similares se distribuían en una zona despejada ya sin tanta vegetación junto a un precioso lago.
Unos niños correteaban vociferando por el poblado mientras varios adultos adecentaban los porches, o charlaban animadamente, pero toda actividad cesó cuando mi coche con su terrible ruido resonó en la pequeña plazuela. Y mi cara cambió de color para convertirse en una fresa que lentamente se escondía entre mis hombros ante la mirada expectante de los habitantes.
Paré el coche esperando alguna reacción por parte de aquel grupo de personas, tal vez un saludo o un acercamiento, pero nada ocurría y allí estaba yo, con mi cara de fresa y una sonrisa estúpida y nerviosa. "No podemos quedarnos en el coche todo el día, así que abre la puerta, sólo abre la puerta y sal del coche" me apremiaba a mí misma insistentemente y, después de unos segundos en los que nada pasaba, conseguí abrir la puerta y salir de mi Renault.
-Buenas, me llamo Alana O’Braidy, busco a- el papel, ¿dónde había metido el papel? Nunca encontraba nada en aquel bolso y, ese nombre, era incapaz de recordar ese nombre.
-Sanuye.- una voz grave y cálida interrumpió mis vacilaciones
-¿Perdón?- busqué con la mirada a la persona que me había hablado y descubrí entre mis espectadores a un muchacho de unos veinte años alto y fuerte como un roble con una lacia y negra melena parcialmente recogida en la nuca, que me miraba con ojos inexpresivos.
-¿Es usted de California?
-Sí - a penas podía contestar nada más, su mirada quemaba.
-Entonces es usted a la que la anciana Sanuye espera.- me esperaban.
-Ah, bien, y ¿dónde…?
Sin que me diera tiempo a acabar la frase el joven giró sobre sus talones y comenzó a andar mientras yo me apresuraba a recoger el material y seguirle y la aldea recuperaba su actividad cotidiana. Los niños seguían corriendo y jugando contentos de que hubiera dejado el coche en medio de la plaza y de poder utilizarlo como un elemento más en sus juegos.
-¿Debería mover el coche?- pregunté mientas recogía la carpeta que se me había resbalado entre las manos.
-No se preocupe no interrumpe el tráfico, es demasiado pequeño
¿Eso había sido un comentario irónico? Al menos lo había parecido así que dejé escapar una suave risa, que no tuvo respuesta de ningún tipo.
Al fin llegamos a la casa, era similar a las demás pero tenía el dibujo de un sol en el dintel de la puerta que llamó poderosamente mi atención. Para cuando reaccioné, el muchacho ya no estaba a mi lado y se alejaba sin mediar palabra. Vestía de forma bastante parecida a los chicos que veía en las calles de San Francisco: vaqueros, camiseta negra de manga corta y zapatillas. Pero su pelo, su forma de actuar y el magnetismo que emanaba le hacían claramente diferente a aquella juventud sin valores con la que me atrevía a compararle.
-Buenas tardes
-Eh, buenas tardes, ¿es usted…? - otra vez el dichoso nombre, ¿dónde habría metido el papel?
-Sanuye, me llamo Sanuye.
-Encantada, mi nombre es Alana O’Braidy
- Bien Alana O’Braidy ¿quieres pasar o prefieres quedarte ahí plantada?
Un aroma a hierbas aromáticas envolvía toda la estancia haciéndola acogedora y fresca. La chimenea ocupaba un lugar importante frente a la puerta de entrada y sobre ella dos retratos antiguos en sepia. En la primera un jefe indio en pie, firme como una roca coronado por su penacho de plumas, tenía una mirada inexpresiva y ardiente que me recordaba a la del chico de la larga melena que me había conducido hasta aquella casa. Y la segunda fotografía mostraba a una bella mujer con el pelo recogido en dos trenzas que le caían sobre los hombros, enmarcando una preciosa cara redonda de mandíbula marcada con unos ojos oscuros como la noche y unos labios tiernos. Y en su regazo una niña de unos tres años que resplandecía de alegría y rebosaba fuerza espiritual.
-¿Qué significa Alana?
-¿Perdón?
- Sanuye es el nombre de las nubes rojas del crepúsculo, y ¿Alana? ¿Qué significa Alana?-
- No sé, a mi madre le gustó como sonaba, supongo.
-No entiendo como vosotros podéis darles nombres a vuestros hijos vacíos de significado, pero entiendo por qué sus vidas tampoco lo tienen.
- No tienen el qué
- Significado, sentido. Al menos eso todavía lo mantenemos, pero pronto nos olvidaremos de nuestros nombres, nos olvidaremos de nosotros mismos.
Un silencio pesado casi claustrofóbico se apoderó de la pequeña casa y yo sentada frente a la anciana con la grabadora en la mano tenía una sensación de duelo, mientras miraba la expresión triste de una cara recia, pero hermosa, surcada por arrugas como su vida estaba surcada por experiencias inimaginables, por conocimientos importantísimos que yo quería recopilar y que ella deseaba compartir. Pero por alguna razón aquella tarde ninguna de las dos habló, miramos por la ventana hacia el lago, hasta que las nubes rojas del crepúsculo aparecieron y el rostro de mi anfitriona se ensombreció aún más. Fue entonces cuando empezó a hablar.
˜™
Durante seis semanas aprendí que todo lo que hacemos a los demás y sobre todo a la tierra nos es devuelto, aunque no lo creamos, que el alba y el crepúsculo huelen de manera diferente, que mi nombre significa "reina", también el nombre de los vientos, las plantas, los árboles, las nubes y las estrellas me fueron enseñados.
Descubrí que en otras sociedades las mujeres son inmensamente respetadas ya que son capaces de dar vida. Que su sabiduría es muy valorada.
Soñé con el gran coyote que guió a los Salisha hasta el otro lado del gran río, y con el gran héroe Akecheta que luchó contra los Hurones y cuyo nombre significaba exactamente eso, luchador, y también con el hechicero Paytah (fuego) que me bendijo y me entregó la fuerza del oso de las montañas y el coraje del puma.
Y acabé enamorándome de la cultura, de la tierra, de la lengua y de la gente.
˜™
Aquel día las dos mirábamos el ocaso como dos espectadoras de uno de los mejores teatros en butacas privilegiadas, y, al aparecer los primeros destellos naranjas, seguidos de los rosados y los rojos, Sanuye sonrió, y su mirada irradió una sensación de paz que rebotó en la pared e impactó en cada rincón de la sala y de mi cuerpo.
- Este atardecer es diferente Alana, ya no me entristece esperar el temblor de la tierra.
-¿El temblor?
-Mi gente siempre ha estado unida a la tierra, tanto que cuando la abandonamos para marchar al firmamento la tierra tiembla como una madre que presiente la partida de su hijo. Nunca he temido que la tierra temblase, pero antes de que vinieras sentí dolor, sentí tristeza por que no quería llevarme en mi viaje a las estrellas el alma de mi pueblo, sino sólo la mía. Y recé y le pedí a mis dioses que me enviaran a alguien que fuera digno de poseerla, de guardarla y de transmitirla para que no se pierda jamás toda la sabiduría que durante años mi pueblo atesoró con esmero.
Y los dioses que son sabios te enviaron a ti, una joven mujer, para que cuidaras de este tesoro. Y tú has aprendido a querer todo lo que era mío, y así enseñarás, como una madre enseña a su hijo, y esparcirás por el mundo, como se esparcen las semillas en septiembre, todo lo que te he mostrado.
Cuando la tierra tiemble, Alana, te daré las gracias y me marcharé con toda la alegría que nunca debí perder.
- Cuando la tierra tiemble- repetí inconscientemente y una diminuta lágrima se desprendió de mis pestañas y rodó por mi mejilla, como una mínima muestra del inmenso cariño que sentía por aquella mujer fuerte y regia que, a sus ochenta años, irradiaba fuerza, coraje, amor y sabiduría por todos los poros de su piel. Que volvía a parecerse a la niña de la foto de la chimenea.
Mas no derramé ni una sola gota más de agua salina, pues había entendido que ese final, como todos los finales, era necesario para que así pudiera existir un comienzo. Ella había aprovechado cada segundo de su vida y sentía que ya no tenía nada más que hacer. Y yo debía respetarlo
Con sus grandes manos Sanuye sujetó mi cara y aproximó mi cabeza a la suya dejándola descansar en su frente mientras me hablaba en lengua Salisha, y, con el arrullo de aquel idioma, mis inquietudes y preocupaciones desaparecieron poco a poco, como desaparece la niebla o se retira el mar con las mareas.
˜™
Ya era tarde y debía volver a San Francisco, pero me dolía marcharme, me apenaba dejar aquel lugar que me había aceptado como un miembro más de la comunidad, aquel asentamiento que ya casi consideraba mi hogar.
-He de marcharme- las palabras salieron a regañadientes de mi boca.
-Lo sé
-Prométeme que me contarás historias de los grandes jefes Salishas, sus guerreros, sus fuertes mujeres, prométeme que lo harás cuando vuelva, porque voy a volver.- Sanuye me acogió en su regazo mientras me acariciaba el pelo suavemente enredándolo con delicadeza entre sus dedos para después dejarlo libre.
-Lo haré mi reina, pero sigue tu camino.
"Mi camino. Sí, debía seguir y descubrir cuál era ese camino. Todos tenemos una senda que debemos recorrer aunque algunas veces nos desviamos de ella" Sin dejar de pensar me levanté decidida y cogí mis cosas.
Sanuye había abierto la puerta y me dio su bendición como cada vez que yo abandonaba su casa. Y mientras me alejaba sentía en todo momento su mirada en mi espalda, como una guardiana, y me supe segura.
Arranqué el coche y sonreí recordando la primera vez que yo entré con mi Renault 5 en aquella aldea, ¡cómo me miraron! Yo deduje que nunca habían visto un coche. Qué arrogante por mi parte, pues lo que nunca habían visto era un coche tan pequeño que hiciera tanto ruido. Una carcajada estalló en el automóvil en ese momento.
Mientras conducía de vuelta a casa por la autovía del estado de Oregón, orgullosa del trabajo que en esas seis semanas había llevado a cabo, admiré la labor que aquella anciana había hecho transmitiendo gran parte de un saber inmenso, los conocimientos de un pueblo que en su momento fue poderoso y hegemónico. Ella me había explicado que los conocimientos, los valores y en definitiva la educación habían pasado de madres a hijos, ya que eran las mujeres las encargadas de formar las cualidades internas de sus descendientes, pues los hombres ya se ocupaban de desarrollar las cualidades físicas de los mismos. Y por un momento intenté imaginar como sería un mundo en el que el inglés, mi lengua materna, estuviera a punto de desaparecer, ¿sería también entonces una mujer la encargada por cuestiones de azar de preservar parte de esa lengua?
No lo sabía, ni creo que llegue a saberlo nunca, solo sé que en el momento en que llegaba a San Francisco tuve una sensación extraña de seguridad.
Y, aquella noche en la reserva, tembló la tierra
Sara Fernández García
Mostrando entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas
miércoles, 8 de septiembre de 2010
viernes, 27 de agosto de 2010
¿Qué relata el cuento que no nos cuenta el relato?
Hay una duda, una vieja conocida, que se presenta en mi puerta cada vez que envío un escrito a algún concurso. Se trata de la diferencia entre cuento y relato.
Personalmente tengo bastante clara la diferencia entre la sal y el azúcar aunque alguna vez confundí el recipiente con desagradables consecuencias para el paladar. Pero cuando se trata de diferenciar estos dos géneros ando algo perdida. Incluso he llegado a plantearme la posibilidad de que no exista tal diferencia (que cosas se me ocurren ¿no?)
Y cual fue mi sorpresa al descubrir que el profesor Fernando Valls, de la Universidad de Barcelona, dice lo siguiente: “no existe, hoy por hoy, ninguna diferencia entre cuento y relato, a la hora de designar el cuento literario, al menos en el castellano que se habla en España".
Pero claro, en esas convocatorias a las que viajan mis trabajos especifican claramente si se trata de un concurso de relatos o cuentos y luego están los que no se mojan, los concursos de narrativa corta.
Empar Moliner, en un programa de TV3, intentó distinguir entre uno y otro, pero no me pareció muy convincente. Decía que, si fuese una canción, el cuento acabaría con un “¡chin- pum!” mientras que el relato acabaría más bien como si pudiera continuar, acabaría con un “fade out”.
Así que sigo igual de confundida o peor, pues no paro de buscar "chimpunes" en todos mis escritos
Personalmente tengo bastante clara la diferencia entre la sal y el azúcar aunque alguna vez confundí el recipiente con desagradables consecuencias para el paladar. Pero cuando se trata de diferenciar estos dos géneros ando algo perdida. Incluso he llegado a plantearme la posibilidad de que no exista tal diferencia (que cosas se me ocurren ¿no?)
Y cual fue mi sorpresa al descubrir que el profesor Fernando Valls, de la Universidad de Barcelona, dice lo siguiente: “no existe, hoy por hoy, ninguna diferencia entre cuento y relato, a la hora de designar el cuento literario, al menos en el castellano que se habla en España".
Pero claro, en esas convocatorias a las que viajan mis trabajos especifican claramente si se trata de un concurso de relatos o cuentos y luego están los que no se mojan, los concursos de narrativa corta.
Empar Moliner, en un programa de TV3, intentó distinguir entre uno y otro, pero no me pareció muy convincente. Decía que, si fuese una canción, el cuento acabaría con un “¡chin- pum!” mientras que el relato acabaría más bien como si pudiera continuar, acabaría con un “fade out”.
Así que sigo igual de confundida o peor, pues no paro de buscar "chimpunes" en todos mis escritos
Etiquetas:
cuento,
duda,
narrativa,
pensamientos,
relato
martes, 15 de junio de 2010
En la distancia
Con la lata de cerveza en alto coreaba al personaje que, sobre el escenario, cantaba aquel tema del otro lado del "charco" que invitaba a la risa y a la añoranza por igual y que siempre sonaba mejor cuanto más alto era el nivel de alcoholemia del público y el intérprete.
En la distancia veía como ella apuraba el contenido del recipiente y desaparecía entre la multitud, posiblemente al dejar la lata vacía en el suelo, para reaparecer recogiendo su pelo con ambas manos.
Me gustaba su imagen, su cuerpo bailando con movimientos que me recordaban a una serpiente, aquella inhibición resultado de la música, el calor, el alcohol. Era preciosa y no era el único que lo pensaba.
A un metro escaso de ella un hombre con barba le lanzaba miradas cada vez menos furtivas y más descaradas que no obtendrían fruto alguno.
Tras una sonrisa de satisfacción me acerqué y posé mis manos en sus caderas acompañando su "va y ven" mientras se giraba y su cara se iluminaba justo antes de estampar un beso largo y cálido en mis labios.
En la distancia veía como ella apuraba el contenido del recipiente y desaparecía entre la multitud, posiblemente al dejar la lata vacía en el suelo, para reaparecer recogiendo su pelo con ambas manos.
Me gustaba su imagen, su cuerpo bailando con movimientos que me recordaban a una serpiente, aquella inhibición resultado de la música, el calor, el alcohol. Era preciosa y no era el único que lo pensaba.
A un metro escaso de ella un hombre con barba le lanzaba miradas cada vez menos furtivas y más descaradas que no obtendrían fruto alguno.
Tras una sonrisa de satisfacción me acerqué y posé mis manos en sus caderas acompañando su "va y ven" mientras se giraba y su cara se iluminaba justo antes de estampar un beso largo y cálido en mis labios.
martes, 25 de mayo de 2010
El humo pasado
Con su eterno cigarro en la comisura y aquellas viejas gafas que se negaba a jubilar a mitad de camino de su nariz, se concentraba en el mecanismo del reloj. Preciso pero con muchos años de servicio sobre sus engranajes.
Aguanta ahora la respiración mientras coloca la última rueda dentada y la ceniza de su cigarrillo se precipita sobre la manga de su camisa esparciéndose en su antebrazo como una gota de agua y provocando un frunce en su ceño.
Deja las pinzas junto al reloj y observa su obra.
Sacude el polvo gris de su brazo con la mano izquierda para después alzar la derecha hasta el cigarrillo y dar una calada profunda que atiza el fuego que dormitaba en el tabaco.
Arrastra la pesada silla de madera y se levanta con dificultad con las piernas entumecidas.
Fuera atardecía.
¿Cuánto tiempo llevaba entre las piezas del reloj de pulsera? Ha perdido completamente la noción del tiempo y este día se le ha escapado entre las ruedas dentadas y unas cuantas colillas.
Se acerca a la ventana golpeando el suelo en cada paso para despertar a los músculos de sus extremidades inferiores y la abre de par en par.
- ¿Cuántos más?- pregunta en voz alta. "¿Cuántos menos?" escucha en su cabeza mientras mira el ocaso con la mandíbula en tensión y los recuerdos apelotonándose en su lagrimal. Reacciona con un golpe en el alféizar que lastima su mano, pero la mantiene firme en la madera sin darle importancia al dolor que le quema la palma y la muñeca.
Con la otra urga en su bolsillo y saca la maltrecha cajetilla de celtas. La abre frente a su boca, aprisiona el último cigarro con los labios y le da muerte al envase apresándolo en su puño.
Palpa ahora su cuerpo en un autocacheo nervioso por la urgencia de encontrar el encendedor y, cuando al fin lo encuentra en el bolsillo trasero de su pantalón, suspira levemente mientras lo aproxima al tabaco.
Gira la piedra una, dos y hasta cinco veces, pero no consigue más que una impotente chispa que no llega a producir llama. Con toda la fuerza de su rabia lanza el mechero y observa resoplando, aún con el cigarillo colgando de su boca, cómo se pierde entre los ábroles.
- ¡A la mierda!- grita y reduce el último cigarro a virutas que después de la ira observa con añoranza de lo que una vez fueron y con la certeza de que hoy, en este ahora se encuentra solo en el ocaso con un reloj que marcará con precisión carente de toda empatía los próximos segundos de su rancia existencia.
(¿continuará?)
Por Sara Fernández García
Aguanta ahora la respiración mientras coloca la última rueda dentada y la ceniza de su cigarrillo se precipita sobre la manga de su camisa esparciéndose en su antebrazo como una gota de agua y provocando un frunce en su ceño.
Deja las pinzas junto al reloj y observa su obra.
Sacude el polvo gris de su brazo con la mano izquierda para después alzar la derecha hasta el cigarrillo y dar una calada profunda que atiza el fuego que dormitaba en el tabaco.
Arrastra la pesada silla de madera y se levanta con dificultad con las piernas entumecidas.
Fuera atardecía.
¿Cuánto tiempo llevaba entre las piezas del reloj de pulsera? Ha perdido completamente la noción del tiempo y este día se le ha escapado entre las ruedas dentadas y unas cuantas colillas.
Se acerca a la ventana golpeando el suelo en cada paso para despertar a los músculos de sus extremidades inferiores y la abre de par en par.
- ¿Cuántos más?- pregunta en voz alta. "¿Cuántos menos?" escucha en su cabeza mientras mira el ocaso con la mandíbula en tensión y los recuerdos apelotonándose en su lagrimal. Reacciona con un golpe en el alféizar que lastima su mano, pero la mantiene firme en la madera sin darle importancia al dolor que le quema la palma y la muñeca.
Con la otra urga en su bolsillo y saca la maltrecha cajetilla de celtas. La abre frente a su boca, aprisiona el último cigarro con los labios y le da muerte al envase apresándolo en su puño.
Palpa ahora su cuerpo en un autocacheo nervioso por la urgencia de encontrar el encendedor y, cuando al fin lo encuentra en el bolsillo trasero de su pantalón, suspira levemente mientras lo aproxima al tabaco.
Gira la piedra una, dos y hasta cinco veces, pero no consigue más que una impotente chispa que no llega a producir llama. Con toda la fuerza de su rabia lanza el mechero y observa resoplando, aún con el cigarillo colgando de su boca, cómo se pierde entre los ábroles.
- ¡A la mierda!- grita y reduce el último cigarro a virutas que después de la ira observa con añoranza de lo que una vez fueron y con la certeza de que hoy, en este ahora se encuentra solo en el ocaso con un reloj que marcará con precisión carente de toda empatía los próximos segundos de su rancia existencia.
(¿continuará?)
Por Sara Fernández García
miércoles, 12 de mayo de 2010
El verano de nuestras vidas
-¿Recuerdas aquel verano? Tú parecías tener alergia a las camisetas porque ibas siempre con el torso descubierto, y ¡qué torso!. Me resultaba difícil mirarte a la cara y no al pecho o al estómago.
Sonrío y miro al suelo, se que resulta ridículo pero me da vergüenza sonrojarme. Disimulo y me sirvo un poco más de vino.
- En serio Juan, aún sueño contigo saliendo del agua y despegándote el bañador de la piel.-miro al cielo y suspiro mientras cubro mis ojos con la mano a modo de visera- No creo que durmieramos más de 3 horas diarias. Eramos expertos en escabullirnos cada noche y volver antes del amanecer, creo que esa es una de las razones por las que puse aquellas horribles rejas en casa cuando tuve a Laura.
Ahora quiere ser bailarina. Mi hija soñando con ser bailarina y yo que quise recorrer el mundo con una cámara le demuestro mis miedos diciéndole esa rancia frase de: "eso no te va a dar de comer" o "no vivas de fantasías". ¿Qué me ha pasado?
El viento mueve las hojas de los árboles y barre los sentimientos agrios. Los reproches pasan mejor con un trago y yo me bebo todo el contenido de mi copa.
- Creo que nunca he bailado tanto como aquel verano Juan. Fue el verano de nuestras vidas y el tiempo se lo llevó, como tantas otras cosas.
Me pongo en pie con dificultad sin soltar la copa y la botella. Sirvo más ribera y dirijo mi brazo hacia ti.
- Por lo mejor de nuestras vidas y lo que compartimos.
Las lágrimas se mezclan con el vino mientras bebo la mitad de mi copa y siguen resbalando por mi cara cuando derramo el resto de alcohol sobre el césped mullido que cubre tu tumba.
Sonrío y miro al suelo, se que resulta ridículo pero me da vergüenza sonrojarme. Disimulo y me sirvo un poco más de vino.
- En serio Juan, aún sueño contigo saliendo del agua y despegándote el bañador de la piel.-miro al cielo y suspiro mientras cubro mis ojos con la mano a modo de visera- No creo que durmieramos más de 3 horas diarias. Eramos expertos en escabullirnos cada noche y volver antes del amanecer, creo que esa es una de las razones por las que puse aquellas horribles rejas en casa cuando tuve a Laura.
Ahora quiere ser bailarina. Mi hija soñando con ser bailarina y yo que quise recorrer el mundo con una cámara le demuestro mis miedos diciéndole esa rancia frase de: "eso no te va a dar de comer" o "no vivas de fantasías". ¿Qué me ha pasado?
El viento mueve las hojas de los árboles y barre los sentimientos agrios. Los reproches pasan mejor con un trago y yo me bebo todo el contenido de mi copa.
- Creo que nunca he bailado tanto como aquel verano Juan. Fue el verano de nuestras vidas y el tiempo se lo llevó, como tantas otras cosas.
Me pongo en pie con dificultad sin soltar la copa y la botella. Sirvo más ribera y dirijo mi brazo hacia ti.
- Por lo mejor de nuestras vidas y lo que compartimos.
Las lágrimas se mezclan con el vino mientras bebo la mitad de mi copa y siguen resbalando por mi cara cuando derramo el resto de alcohol sobre el césped mullido que cubre tu tumba.
Etiquetas:
desencuentros,
despedida,
narrativa,
recuerdo
viernes, 7 de mayo de 2010
Besos nuevos

-Hola princesa
A veces las palabras simples provocan extraordinarios efectos, y aquel saludo siempre producia en ella una sonrisa y un cosquilleo.
-Hola amore- contestaba dejando caer un beso en la mejilla de el.
-Mmmmm, ¡que suerte encontrarte aqui esperandome con un beso!. ¿Sabes lo que me apetece?
Aun abrazada a el, se echo un poco hacia atras y le miro por encima de sus gafas.
-¿Que te apetece?
-Besos nuevos para mis labios antiguos.
Y sus labios se entrelazaron una vez mas en aquel salon que fue testigo de una vida en comun que ambos seguian construyendo despues de mas de cuarenta años de besos.
Etiquetas:
amor,
encuentros,
narrativa,
sueño
martes, 4 de mayo de 2010
Ante la habilidad de pedir está la virtud de no dar
Estoy orgullosa de ser llorona, aunque sólo sea en la intimidad de mi habitación a oscuras, y de alcanzar altas cotas de lágrimas, nivel que tú no llegaste a conseguir pues al primer murmullo ya tenías besos y carantoñas y todo aquello que tu mente infantil deseaba.
Ahora casi treinta años después sigues haciendo pucheros exigiendo lo que tu personalidad infantiloide anhela, pero no todo el mundo está dispuesto a cubrir esas necesidades pueriles de atención y protagonismo. Y sólo sabes reaccionar a un NO, lógico y comprensible para cualquier adulto, con una pataleta.
Ya no eres dulce, más bien agotador, pero sigues actuando como aquel niño de papà y mamà que se meaba en la cama y hacia cucamonas, cualquier estupidez con tal de ser mirado.
Ahora casi treinta años después sigues haciendo pucheros exigiendo lo que tu personalidad infantiloide anhela, pero no todo el mundo está dispuesto a cubrir esas necesidades pueriles de atención y protagonismo. Y sólo sabes reaccionar a un NO, lógico y comprensible para cualquier adulto, con una pataleta.
Ya no eres dulce, más bien agotador, pero sigues actuando como aquel niño de papà y mamà que se meaba en la cama y hacia cucamonas, cualquier estupidez con tal de ser mirado.
Etiquetas:
desencuentros,
desengaño,
despecho,
narrativa,
pensamientos
miércoles, 28 de abril de 2010
Ella era un ser libre.
Tenía el pelo cortado por los hombros y negro como el carbón. Con sus ojos grandes atrapaba todos los detalles de la realidad que tenía a su alrededor y con su imaginación de 5 primaveras inventaba aquellas pinceladas que no encontraba en la manida realidad.
Era alta para su edad, una niña de redondos mofletes y luminosa sonrisa, pero había algo en las cosas que hacía que la situaban en una categoría diferente al resto.
Había aprendido gestos y modales de adulto que utilizaba en contadas ocasiones y desmenuzaba en las aventuras que vivía siempre en la soledad de su cuarto.
Por las tardes inventaba historias de esas que los adultos calificaban de inverosímiles y se las contaba a su hermano. Este la miraba tras los barrotes de la cuna con los ojos como platos hasta que el cansancio le vencía y acababa durmiéndose. En ese momento ella emulaba a la pantera rosa e intentaba salir de la habitación de puntillas y digo intentaba porque nunca lo conseguía.
Justo cuando aguantaba la respiración para cerrar la puerta escuchaba una risa infantil y luego un llanto finjido dentro de la cuna y, después de soltar el aire, se hacía la contrariada y volvía a entrar con la mente llena de cuentos.
Solía bailar siempre que escuchaba música sin importar dónde estuviera con la candidez de las convenciones no aprehendidas y la falta de normas de protocolo, aunque desde que fue un bebé el no y los reproches llenaron su vida, pero su ansia de expresar y crear era inmensa. Ella era un ser libre.
Odiaba la oscuridad y contaba hasta tres antes de apagar la luz de su habitación y recorrer el larguísimo pasillo como una exhalación hasta el salón, con los puños y los dientes apretados y los ojos medio cerrados. Pero era una entusiasta del cielo nocturno y del satélite selenita.
Aprendió a hablar antes de que salieran los dientes, a nadar casi antes de andar, a leer antes de entrar en la escuela, a bailar desde que tuvo consciencia de sus movimientos... Y después le enseñaron a callar, a no gritar, a no correr, a no decir, a no saltar, a no jugar, a no soñar, a no... y todo ello para protegerla de los riesgos de ser demasiado ella.
Poco a poco aprendió a encerrarse en sí misma y no en el armario, y sólo se sentía libre lejos de las miradas o bajo los focos.
Se acostumbró a que sus sueños no eran válidos ni secundados por aquellos que creía gigantes y cuando, unas décadas después de sus cuentos a la hora de la siesta, recuperó ese apoyo no supo como utilizarlo.
Era alta para su edad, una niña de redondos mofletes y luminosa sonrisa, pero había algo en las cosas que hacía que la situaban en una categoría diferente al resto.
Había aprendido gestos y modales de adulto que utilizaba en contadas ocasiones y desmenuzaba en las aventuras que vivía siempre en la soledad de su cuarto.
Por las tardes inventaba historias de esas que los adultos calificaban de inverosímiles y se las contaba a su hermano. Este la miraba tras los barrotes de la cuna con los ojos como platos hasta que el cansancio le vencía y acababa durmiéndose. En ese momento ella emulaba a la pantera rosa e intentaba salir de la habitación de puntillas y digo intentaba porque nunca lo conseguía.
Justo cuando aguantaba la respiración para cerrar la puerta escuchaba una risa infantil y luego un llanto finjido dentro de la cuna y, después de soltar el aire, se hacía la contrariada y volvía a entrar con la mente llena de cuentos.
Solía bailar siempre que escuchaba música sin importar dónde estuviera con la candidez de las convenciones no aprehendidas y la falta de normas de protocolo, aunque desde que fue un bebé el no y los reproches llenaron su vida, pero su ansia de expresar y crear era inmensa. Ella era un ser libre.
Odiaba la oscuridad y contaba hasta tres antes de apagar la luz de su habitación y recorrer el larguísimo pasillo como una exhalación hasta el salón, con los puños y los dientes apretados y los ojos medio cerrados. Pero era una entusiasta del cielo nocturno y del satélite selenita.
Aprendió a hablar antes de que salieran los dientes, a nadar casi antes de andar, a leer antes de entrar en la escuela, a bailar desde que tuvo consciencia de sus movimientos... Y después le enseñaron a callar, a no gritar, a no correr, a no decir, a no saltar, a no jugar, a no soñar, a no... y todo ello para protegerla de los riesgos de ser demasiado ella.
Poco a poco aprendió a encerrarse en sí misma y no en el armario, y sólo se sentía libre lejos de las miradas o bajo los focos.
Se acostumbró a que sus sueños no eran válidos ni secundados por aquellos que creía gigantes y cuando, unas décadas después de sus cuentos a la hora de la siesta, recuperó ese apoyo no supo como utilizarlo.
miércoles, 7 de abril de 2010
El Pintor

Siempre dibujabas con tus dedos, la silueta de la luna en la noche, palabras de un idioma inventado en el agua, ríos en el cristal de una botella, pero eras un auténtico genio dibujando mi cuerpo.
Con la yema de los dedos marcabas mi tatuaje sin a penas tocarme y definías mi columna y cada una de sus vértebras.
Te gustaba recorrer mis lunares y remarcar mi mandíbula y el óvalo de mi cara, mis cejas y la nariz que nacía entre ellas y acababa en una punta redondeada. Adorabas demarcar mis labios y no podías evitar sellar tu obra con tres besos: uno en cada comisura y el tercero en el labio inferior.
Recuerdo que mientras tú te concentrabas en tu obra de arte yo disfrutaba de aquellas caricias que me hacían más bella y liviana.
Hoy que nadie sabe pintarme repaso con mis manos mi cara y mi cuerpo, pero lo mío nunca fue el dibujo y decido escribir cuánto te echo de menos
miércoles, 31 de marzo de 2010
De cómo poner un punto y final

Veo como se mueven tus labios pero lo que dices me suena a chino, me resulta tan incomprensible como el sonido del mar aunque menos relajante, de hecho está empezando a ponerme nerviosa, y más que eso, comienza a molestarme de verdad.
No se como funciona tu cabeza pero no veo un atisbo de luz, ni una cerilla encendida, ni un ascua, solo caos y confusión.
Decido detener tu soliloquio
-¿Me estás diciendo que no quieres nada conmigo?
- Bueno, sí y no
- ¿Sí y no?
- Quiero decir...
- Déjalo. Eres la incoherencia personificada cariño y tengo cosas mejores que hacer que hacer de terapeuta.
Etiquetas:
desencuentros,
desengaño,
diálogo,
narrativa
martes, 30 de marzo de 2010
Control+ z
Tendida en el sofá con las piernas colgando mira fíjamente la pantalla de su móvil. Algunas veces un grupo de letras hieren más que un balazo y si lo que forman es EL nombre, la herida produce además un desgarro que a priori parece irreparable.
Mientras observa aquel nombre duda si borrarlo o no. Por un lado el número de teléfono tras las letras ya lo tiene en su cabeza igual que el rostro de la persona en cuestión y ciertos momentos a los que se niega a renunciar.
Por otra parte tal vez fuera menos doloroso buscar en la lista de contactos si no encontrara siempre su nombre.
Pero eliminarlo de aquel aparato haría más real la pérdida.
Por suerte para ella los accidentes a veces son positivos y está a punto de suceder uno.
Cierra los ojos y deja el móvil sobre la mesa mientras se le escapa un suspiro. El teléfono vacila al borde del mueble y cae sobre los zapatos que minutos antes habían sido olvidados.
Sobresaltada se incorpora y recoge el teléfono, pero al mirar la pantalla comprueba que aquellas letras ya no están.
Mientras observa aquel nombre duda si borrarlo o no. Por un lado el número de teléfono tras las letras ya lo tiene en su cabeza igual que el rostro de la persona en cuestión y ciertos momentos a los que se niega a renunciar.
Por otra parte tal vez fuera menos doloroso buscar en la lista de contactos si no encontrara siempre su nombre.
Pero eliminarlo de aquel aparato haría más real la pérdida.
Por suerte para ella los accidentes a veces son positivos y está a punto de suceder uno.
Cierra los ojos y deja el móvil sobre la mesa mientras se le escapa un suspiro. El teléfono vacila al borde del mueble y cae sobre los zapatos que minutos antes habían sido olvidados.
Sobresaltada se incorpora y recoge el teléfono, pero al mirar la pantalla comprueba que aquellas letras ya no están.
Etiquetas:
desencuentros,
desengaño,
narrativa
jueves, 18 de marzo de 2010
Olvido

Cuando la llama de una vela se extingue queda el olor a cera adherido a cada una
de las partículas del aire que una vez estuvieron iluminadas.
A veces, este aroma es incluso más hermoso que la fulgurante luz, porque después
de todo, es lo único que realmente queda.
Algo parecido sucede con las personas.
Una vez desaparece su luz, de ellos queda un gesto, una imagen o una frase en la
memoria de aquellos que se deslizaron por sus vidas.
Yo, hoy me concentro en el perfume de las flores, tal vez en un tiempo no recuerde
su color, ni si eran lirios, rosas o siemprevivas, pero recordaré su aroma. Para ello con los
ojos cerrados intento ser consciente de todas aquellas sensaciones que recoge mi
cuerpo. Lo hago tal vez para obviar la extinción de su vela, para quedarme tan sólo con el
olor a cera sin sufrir la pérdida.
Y busco ese instante que me niego a perder, ese momento que se evoca con un “te
acuerdas cuando...”. Así, como se empiezan las conversaciones más largas y cargadas
de emociones, las que intentan recomponer tu vida, que a fin de cuentas se forma de
pequeños recuerdos que salvamos entre todos los que desterramos por salud mental,
esas conversaciones alrededor de una mesa con cervezas, cafés, infusiones, zumos o lo
que sea que utilicemos como excusa para estar con aquellas personas que compartieron
un tiempo indultado en nuestro camino. así buscaba yo una imagen en mi memoria que
expulsara al frío mármol con letras doradas que hoy representaba a un ser querido, pero
que me negaba a guardar como su último recuerdo, como su olor a cera.
Recordé una tarde de septiembre en la que el látigo del levante había dado tregua
al castigado Mediterráneo. Aquella tarde el Sol moría, como cada día, por poniente y, en
su último aliento, acariciaba nuestras espaldas con sus lágrimas de luz rojiza.
Sentada frente al mar lanzaba con curiosidad gatuna miradas a su pelo que, como
dijo Gardel, había sido plateado por las nieves del tiempo. Su rostro erosionado por la
experiencia transmitía la tranquilidad de una vida que, como la del astro, se apagaba sin
ruido.
Me gustaba observarla y, aunque sabía que rara vez se percataba de mi presencia,
procuraba pasar inadvertida para su mirada, una mirada exiliada, ausente, perdida; como
sus recuerdos. Sentía que a pesar de estar tan físicamente cerca se encontraba a miles
de kilómetros y años de distancia, desubicada en un mundo que no reconocía suyo.
Disfrutaba mirándola, acariciándole su pelo de color blanco y espeso, sus suaves manos
de anciana, guiando sus pasos y compartiendo con ella algunos atardeceres.
Llevaba escrita en la piel su vida, una vida desterrada de su mente por un intruso
con nombre difícil de deletrear: alzheimer. Me llamaba la atención verla frente al perpetuo
mar siendo su memoria caduca, pero he aprendido que la vida está plagada de paradojas.
Jugando con su pelo la suave brisa entretejía sus cabellos y acariciaba su rostro
junto con mi mirada. Por alguna razón, estar junto a ella, frente al mar me hacía sentirme
cómoda en mi piel, tranquila y reposada en mi persona, sin dudas ni miedos, tan solo con
un presente acuático y salino.
Su mirada cada vez más ausente y ajena a lo que sucedía a su alrededor refulgió
entonces viva e intensa, como la de quien rememora un agradable recuerdo. Y mi
atención se fijó en esa pequeña pero poderosa chispa que empezaba a transformar su
cara hasta convertirla en la felicidad resplandeciente de un niño la mañana de reyes.
- ¿Es tu primer novio?
Aquella pregunta me rompió el silencio que sostenía mi viaje visual por su persona
y me sobresaltó.
- ¿Cómo dices abuela?
- Que si es tu primer novio
Ciertamente no era la pregunta que esperaba de una mujer anciana con alzheimer
avanzado, en realidad no esperaba ninguna pregunta en absoluto, pero decidí contestar
ante la insistencia de sus ojos.
- No abuela, no lo es
Una silenciosa sonrisa se instaló en sus labios y dio paso a un suspiro profundo y
sentido.
- Este tampoco es el mío - me susurró al oído como se susurran los secretos más
queridos - ¡qué guapo era Rodrigo!
¿Rodrigo?. Aquél nombre ajeno a mi familia se coló como un intruso en mis oídos
para convertirse en trueno y el trueno en tormenta y la tormenta en huracán y el huracán
tan sólo ululaba siete letras: R-O-D-R-I-G-O.
- Abuela... - dudé un segundo, dos, tres, hasta que ella volvió a mirarme con
aquella luz en sus ojos marinos - ¿de quién me hablas?
- De mi primer novio, niña. ¡Qué esbelto en su caballo por la mañana!
Mi mandíbula inferior había perdido por completo toda la sujeción que pudiera
haber poseído alguna vez y se abría dejando ver mi lengua lívida y estática.
No sé cuánto tiempo permanecí parada, con los ojos abiertos e incrédulos
observando a aquella mujer y a su sonrisa frente al Mediterráneo, pero sí recuerdo que mi
cabeza se convirtió en un cajón desastre que intentaba localizar a aquél tal Rodrigo y
sacarlo de la sorpresa para convertirlo en anécdota o en comentario racional.
Al principio incluso dudé que ella supiera de quién estaba hablando, pero en el tono
que empleó había música de madrugadas a caballo, esperas de un corazón joven tras un
viejo postigo y, quién sabe, probablemente primeros besos y caricias.
Sentí entonces algo de envidia hacia aquél caballero desconocido que se resistía a
abandonar su memoria, la memoria de mi abuela, mía ahora y siempre desde que
empezó la andadura de mi vida. Sentí la rabia que crece dentro de un infante al que se le
niega una chuchería, pero estalló todo en un suspiro con forma de palabras.
- Así que Rodrigo... - dije en voz alta sin pensar.
- Fue bonito, mi niña, tan bonito... - en sus ojos una sombra y en la sombra su
enfermedad velaron al pobre Rodrigo y yo pasé de los celos a la culpa y de esta a
la curiosidad.
Hoy, con mis ojos cerrados todavía, asisto a su despedida, pero me niego a dejar
marchar su pelo cano y sus ojos chispeantes, no quiero perder su media sonrisa ni su
mueca de desconcierto.
Siento una mano en mi hombro que me invita a avanzar y abro los ojos.
El astro rey se pone, como cada día por poniente, pero hoy no acariciaba mi
espalda, hoy hiere mis ojos con su despedida colorada. Permanezco frente al atardecer
mientras aparto de mí esa mano y la invito a marcharse sin mí.
Mi cabeza ahora bulle como una olla Express y los deseos se agolpan en mis ojos
deseando borrar el rojo del cielo y volver al recuerdo de una tarde frente al mar de todos
los tiempos.
Pero tan sólo experimento la impotencia producida por la ausencia total de
movimiento y decisión.
Tal vez cuando siendo pequeña mi abuela imaginaba su boda con el almohadón en
la cabeza, tal vez cuando miraba a las estrellas, tal vez cuando soñaba despierta, no era
con esta vida, no era con nosotros, no era como resultó ser.
¿Y si hubiera vivido haciendo tan sólo las cosas que sentía? ¿y si no hubiera
aceptado los límites y juicios impuestos? ¿y si hubiera renegado de esa agria normalidad
de convenciones que nos atrapa y nos ahoga? Posiblemente todo sería distinto, pero no
lo es.
Yo estoy viva, decenas de personas han venido a despedir hoy su vida, una vida
que no escogió, pero que decidió disfrutar con los hijos que le fueron dados y más tarde
con los nietos.
Mientras mi cabeza sigue amasando pensamientos condicionales llenos de
preguntas, dolor, sorpresas y lágrimas, mi corazón se libera y se abre a ese atardecer que
se apaga frente a mi rostro.
Con la fuerza de los sentimientos, los que hasta hoy controlé dentro de unos límites
impuestos giro sobre mis talones ciento ochenta grados y le doy la espalda al sol
moribundo, a las frescas flores y a todas aquellas sombras humanas que guardan luto por
una vida que no fue como imaginó ser.
Mientras mis piernas se mueven entre los cipreses enhiestos en un rincón de mi
mente eclosiona una duda, una pregunta que se convierte casi en afirmación: ¿Y si
después de todo, la única defensa fuera el olvido?
Etiquetas:
a mi abuela,
narrativa,
pensamientos
jueves, 11 de marzo de 2010
En el tren

Cada vez que montaba en un tren tenía la sensación de que era el mundo y no el vagón el que se movía. Y por más que observaba el paisaje al otro lado del cristal, se sentía estática.
El chico del asiento contiguo volvia a moverse y su ipod caía de nuevo irremediablemente. Aquel aparato tenía cierta fijación con el suelo, parecía que la gravedad le atraía de forma especial pues era la quinta vez que terminaba colgando de los auriculares.
Al otro lado del pasillo un niño de unos 5 años juguetea con el reposabrazos después de haberse pillado el dedo en ese juego unos momentos antes. A los dos minutos vuelve a berrear porque cometió de nuevo el error de acercar demasiado su minúsculo dedo a la juntura.
"Parece que el ser humano no sólo tropieza dos veces con la misma piedra, a veces se lanza de cabeza sobre ella" piensa mientras suspira e intenta alejar de su cabeza todo aquello que su corazón bombea.
viernes, 5 de marzo de 2010
Al abrir la puerta

Los zapatos tienen la extraña manía de jugar al escondite bajo mi cama. Agachada, casi tumbada en el suelo escudriño aquel rincón, con cualidades de agujero negro, intentando localizar el otro tacón. Una vez lo encuentro tras una de las cajas de ropa de verano estiro mi brazo y lo rozo con los dedos.
-¡Te tengo!- exclamo triunfal con él en la mano.
Suena el timbre de la entrada y me pregunto quien llama a mi puerta mientras me incorporo y sacudo mi vestido.
A la pata coja avanzo mientras cual trapecista calzo mi pie derecho.
Acerco mi ojo a la mirilla y me sobresalto al ver al otro lado otra pupila. Me retiro con una mueca de extrañeza, pero es un día especial, hoy cumplo 30 años, cambio de decena y me siento preciosa e indestructible.
Estiro la falda del vestido, retoco los tirantes y el escote y tomo fuerza con un suspiro mientras abro la puerta
-¿Pero...?
Al otro lado de la puerta encuentro su sonrisa satisfecha enmarcada por decenas de globos de colores llenos de helio.
- Schhh- por toda respuesta este sonido y su dedo cerrando mis labios y mi boca sorprendida.
Se aclara la garganta y con su dedo índice me pide un momento, mientras yo me llevo la mano al pecho para controlar mi corazón y noto una sonrisa que promete quedarse en mi cara mucho tiempo.
Con una voz digna de Albin y sus compañeras ardillas él empieza a cantar:
You're just too good to be true.
Can't take my eyes off you.
You'd be like Heaven to touch.
I wanna hold you so much.
At long last love has arrived
And I thank God I'm alive.
You're just too good to be true.
Can't take my eyes off you.
Me cubro la boca con la mano mientras río como hace 25 años y siento como la felicidad empieza a inchar mi pecho como el helio aquellos globos.
Pardon the way that I stare.
There's nothing else to compare.
The sight of you leaves me weak.
There are no words left to speak,
But if you feel like I feel,
Please let me know that it's real.
You're just too good to be true.
Can't take my eyes off you.
Alargo mi mano y cojo un globo que me llevo a la boca y aspiro parte de su helio mientras a la improvisada serenata se unen mis vecinos divertidos y alucinados.
I love you, baby,
And if it's quite alright,
I need you, baby,
To warm a lonely night.
I love you, baby.
Trust in me when I say:
Oh, pretty baby,
Don't bring me down, I pray.
Oh, pretty baby, now that I found you, stay
And let me love you, baby.
Let me love you.
Y ahora sí, con mi voz tres diez veces más aguda me uno a aquella canción, a mi primer regalo de cumpleaños.
You're just too good to be true.
Can't take my eyes off you.
You'd be like Heaven to touch.
I wanna hold you so much.
At long last love has arrived
And I thank God I'm alive.
You're just too good to be true.
Can't take my eyes off you
Las risas y los aplausos estallan en la escalera y yo abrazo al hombre, al amigo, a los 30 globos y a toda la felicidad y el cariño que me trajo con aquella canción.
Etiquetas:
encuentros,
felicidad,
narrativa,
regalo,
sorpresa
jueves, 4 de marzo de 2010
Encuentros (I)
- ¿Entonces qué? ¿desayunamos juntos?
- Es que...
-¿Qué?
- Que no tengo gafé en casa, yo suelo tomar té para desayunar.
- Bueno, no me importaría desayunarte la verdad.
- Es que...
-¿Qué?
- Que no tengo gafé en casa, yo suelo tomar té para desayunar.
- Bueno, no me importaría desayunarte la verdad.
Etiquetas:
diálogo,
encuentros,
narrativa
Desencuentros (III)
Ella nació para una revolución que no llegó. Se equivocó de tiempo y de lugar, pero fue un gran regalo para tanta gente que perdió las fuerzas para serlo para sí misma.
Jugueteaba con su dedo por el borde de aquel vaso mientras observaba el reflejo de las luces en el Jack Daniels.
Sus pensamientos deambulaban sin rumbo fijo y sus dientes se empeñaban en comerse el labio inferior, mientas golpeaba rítmica y suavemente el suelo de madera con su tacón izquierdo.
- Hola, perdona
Ella levantó la cabeza sin mucho interés encontrándose con un hombre algo nervioso que lanzaba alguna mirada furtiva a su escote y sonreía como el gato de Alicia.
- Disculpa si te he molestado
Por toda respuesta tomó un trago de su copa y miró fíjamente a las botellas expuestas tras la barra.
- Me gustaría conocerte- insistió él
- Ahá
- Me llamo Jose
Nuevo viaje del vaso, de la barra a la boca.
- ¿Cómo te llamas?
- Lidia
- Podrías darme tu número de teléfono y así tomar algo algún día.
- Yo ya estoy tomando algo.
- Ya, pero me refería a hacerlo juntos
- ¿Y por qué iba a querer yo tomar algo contigo?
- No sé, eres una mujer bonita...
- ¿Y?
- Pues eso, que me gustaría conocerte.
- ¿Te has planteado que posiblemente a mí no me interese conocerte en absoluto?
El silencio es posible incluso en aquel bar lleno de gente y puede ser más dañino rodeado por la música y las risas.
- Lo siento... ya te dejo.
- Bien- selló la conversación con el último trago de la copa y apuró su contenido.
- Perdona si te he molestado de verdad, no pretendía...
La miarda de ella, esta vez sí, fue suficiente como para que aquel ser con pene desistiera de conseguir nada y se dirigiera hacia un nuevo objetivo.
No era el primero que se le acercaba aquella noche y todos compartían más características con los cerdos que con las personas.
Tal vez fuera momento de retirarse.
Jugueteaba con su dedo por el borde de aquel vaso mientras observaba el reflejo de las luces en el Jack Daniels.
Sus pensamientos deambulaban sin rumbo fijo y sus dientes se empeñaban en comerse el labio inferior, mientas golpeaba rítmica y suavemente el suelo de madera con su tacón izquierdo.
- Hola, perdona
Ella levantó la cabeza sin mucho interés encontrándose con un hombre algo nervioso que lanzaba alguna mirada furtiva a su escote y sonreía como el gato de Alicia.
- Disculpa si te he molestado
Por toda respuesta tomó un trago de su copa y miró fíjamente a las botellas expuestas tras la barra.
- Me gustaría conocerte- insistió él
- Ahá
- Me llamo Jose
Nuevo viaje del vaso, de la barra a la boca.
- ¿Cómo te llamas?
- Lidia
- Podrías darme tu número de teléfono y así tomar algo algún día.
- Yo ya estoy tomando algo.
- Ya, pero me refería a hacerlo juntos
- ¿Y por qué iba a querer yo tomar algo contigo?
- No sé, eres una mujer bonita...
- ¿Y?
- Pues eso, que me gustaría conocerte.
- ¿Te has planteado que posiblemente a mí no me interese conocerte en absoluto?
El silencio es posible incluso en aquel bar lleno de gente y puede ser más dañino rodeado por la música y las risas.
- Lo siento... ya te dejo.
- Bien- selló la conversación con el último trago de la copa y apuró su contenido.
- Perdona si te he molestado de verdad, no pretendía...
La miarda de ella, esta vez sí, fue suficiente como para que aquel ser con pene desistiera de conseguir nada y se dirigiera hacia un nuevo objetivo.
No era el primero que se le acercaba aquella noche y todos compartían más características con los cerdos que con las personas.
Tal vez fuera momento de retirarse.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Divagaciones varias (I)
Abrí la puerta y entré en la casa de puntillas sorprendida por el sol. Su luz se deslizaba por el pasillo de forma amable, pero preferí la oscuridad de mi habitación.
Una vez allí despojarme de todo aquello que no fuera mi piel se convirtió en un acto solemne. Fuera el pañuelo que guardó mi cuello y descubrí en mi mente la imagen de la sorpresa en decenas de ojos que se iluminaron al verme la mañana anterior. Me deshice de los zapatos que tan buena superficie ofrecieron a mis pies y recordé todos los pases de baile acompañados de risas.Liberé mi cuerpo de la ropa mientras me sorprendía de la gran cantidad de abrazos sinceros recibidos en un solo día.
Pero fue cuando retiré todo rastro de maquillaje de mi alma cuando por fin me di cuenta de mi valía. Aquella que todas las personas habían visto en mí y que yo siempre pasé por alto.
Una vez allí despojarme de todo aquello que no fuera mi piel se convirtió en un acto solemne. Fuera el pañuelo que guardó mi cuello y descubrí en mi mente la imagen de la sorpresa en decenas de ojos que se iluminaron al verme la mañana anterior. Me deshice de los zapatos que tan buena superficie ofrecieron a mis pies y recordé todos los pases de baile acompañados de risas.Liberé mi cuerpo de la ropa mientras me sorprendía de la gran cantidad de abrazos sinceros recibidos en un solo día.
Pero fue cuando retiré todo rastro de maquillaje de mi alma cuando por fin me di cuenta de mi valía. Aquella que todas las personas habían visto en mí y que yo siempre pasé por alto.
lunes, 22 de febrero de 2010
Las bromas de Morfeo

No sé exactamente cómo llegaron tus labios a unos centímetros de los míos, puede que todo comenzara con una conversación de esas en las que las miradas dicen mucho más que las palabras, en las que creamos versos en libretas que son casi apéndices de nosotros mismos, o tal vez caminábamos de la mano, yo dando saltos y bailando y tú observándome con una sonrisa que me decía que me querías más cerca en aquel paseo que nos hacía libres, o puede que antes de tenerte tan cerca nos separara la mesa de una tasca y nos saboreáramos trago a trago en dos chatos de vino sin siqiuera tocarnos. Ignoro como comenzó, sólo sé que noté el candor de tu aliento y el roce de tus labios en un beso en el mismo segundo en el que me despertaba en mi cama vacía.
Y ahora no puedo parar de morderme mis labios, y la razón me aconseja que tampoco te diga que anoche soñé contigo.
Etiquetas:
beso,
desencuentros,
narrativa,
sueño
viernes, 19 de febrero de 2010
desencuentros (II)
Escribe algo en un papel que no alcanzo a leer, aunque para ser sincero, no son sus garabatos lo que mi mirada busca bajo su cuello
- ¿Con qué palabra me describirías?
Rompe mi dulce búsqueda su frase y provoca una mueca de desconcierto en mi rostro
- Que si tuvieras que usar una palabra para describirme cuál sería esa palabra- aclara con disgusto
Pero yo solo paso de la mueca de no entender nada a una expresión de profunda reflexión buscando la palabra correcta, que trasmita su tacto, su aroma, la locura de mi corazón cuando se acerca y demás reacciones fisiológicas que reconozco me son difíciles de controlar cuando ella está a unos centímetros, al alcance de mis manos, pero no la encuentro y ella se cansa de esperar y vuelve a su hoja de papel.
"Una palabra, no tengo ninguna palabra para describirte, sólo un impulso, sólo un latido"
- ¿Con qué palabra me describirías?
Rompe mi dulce búsqueda su frase y provoca una mueca de desconcierto en mi rostro
- Que si tuvieras que usar una palabra para describirme cuál sería esa palabra- aclara con disgusto
Pero yo solo paso de la mueca de no entender nada a una expresión de profunda reflexión buscando la palabra correcta, que trasmita su tacto, su aroma, la locura de mi corazón cuando se acerca y demás reacciones fisiológicas que reconozco me son difíciles de controlar cuando ella está a unos centímetros, al alcance de mis manos, pero no la encuentro y ella se cansa de esperar y vuelve a su hoja de papel.
"Una palabra, no tengo ninguna palabra para describirte, sólo un impulso, sólo un latido"
Cuéntame un cuento

-Cuentame un cuento
-¿Un cuento?
-Sí
-¿Uno de dragones?
-No,uno en el que todos los problemas se arreglen con una sonrisa o con un beso
-Con un príncipe entonces
-No con una princesa sin corona ni trenzas de oro.
-Pero alguien tendría que rescatarla de algo
-¿Por qué?, yo quiero un cuento en el que sólo ella pueda salvarse del mundo cuando se mire en un espejo, un espejo que no mienta, y sea capaz de decir "te quiero".
-Mmmmm
-¿Qué?
-Creo que ese cuento no me lo sé, lo siento, princesa. Pero si quieres lo inventamos juntas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)