viernes, 3 de diciembre de 2010

Nochevieja

El silencio del barrio gótico se quiebra con un sonoro portazo. Tras él, sus tacones martilleando el suelo empedrado.

- A la mierda- farfulla y aprieta la mandíbula.

Aquella nochevieja no era lo que ella esperaba.

La ciudad desierta parece un decorado. Las paredes y el suelo brillan con la humedad del relente.

Su pie derecho resbala con los adoquines mojados y ve tan cerca la caída que se le van las fuerzas.

Tantea la pared y se apoya en ella con la mano derecha mientras con la izquierda se tapa la cara.

Respira profundamente para apartar de su mente lo sucedido en aquella fiesta de mierda, pero sólo consigue pensar de nuevo en ello. Las lágrimas resbalan por su cara y un grito libera su mandíbula.

Algo. Un ruido. Tal vez un golpe. Se oye al final de la estrecha calle.

Marta se seca la cara y agudiza la vista, pero allí no hay nada.

Se incorpora, estira su abrigo, retira los restos de máscara de sus ojos y continúa su camino hacia el metro.

Otro golpe.

Marta gira a la derecha y acelera el paso. El repiqueteo de sus tacones llena la noche. No se oye nada más. Aquel silencio comienza a asfixiarla.

“No será nada. Algún gato o tu imaginación” se dice.

Un ruido metálico suena tras ella. Ahora sí está convencida de haberlo escuchado. Alguien la sigue.

Empieza a correr deseando ver las luces de la calle Ferrán.

Y entonces, en el siguiente cruce de calles, un hombre le corta el paso.

Es tan estridente su grito que amortigua el sonido del matasuegras que el joven lleva en la boca.

- Joder ¡qué susto!

- ¿Susto? “Pa” susto el que me has “dao” tú. Colega qué pulmones. Que casi me trago el matasuegras.

- Eso te pasa por gilipollas- le espeta Marta mientras le aparta de su camino.

Una pequeña risa da paso a otra más holgada. “Un borracho” se dice. “Sólo era un puñetero borracho haciendo el ganso”. Respira profundamente y deja de reir.

“Pero ¿qué te esperabas Martita? Es nochevieja”

La iluminación y la amplitud de la calle Ferrán reafirman el alivio que la llena.

Pero una sensación fría en su espalda le produce un escalofrío. Se gira y tras ella sólo ve a un grupo de gente a unos 10 metros. Nadie más.

Sigue andando sin dejar de sentir ese frío.

Está segura que alguien la vigila.

El sonido de sus pasos vuelve a aumentar el ritmo. Se parapeta en su abrigo rojo y fija la vista en el suelo mojado.

El mismo ruido metálico vuelve a sonar tras ella. Su espalda se tensa.

Casi corre cuando llega a las ramblas.

Mira de soslayo tras de si al girar de nuevo a la derecha para subir a plaza Cataluña y… nada. Sólo aquél grupo que ahora queda aún más lejos de ella. O tal vez. ¡Espera! Le parece ver, no, ¡ve algo!. Algo se había movido. Está segura.

Sigue caminando con la mirada fija al frente recordando la imagen. Intentando oír los pasos o sentir la mirada de la persona que viene tras ella.

Entra en la boca de metro con la respiración acelerada y baja las escaleras apresuradamente.

Otra vez aquella fría sensación.

Tantea su bolso. Saca la cartera y de ella la tarjeta de metro. Pasa el torno. Continúa andando afinando el oído para escuchar el torno otra vez.

Pero nada.

Recorre el andén hacia el intercambiador intentando recobrar la compostura.

Si nadie ha girado el torno tras de sí, nadie la sigue. Pero ¿y si ese alguien hubiera saltado sin girarlo?

Acaba de alcanzar el pasillo del intercambiador y, en ese momento, escucha claramente unos pasos.

Gira su cabeza. Apenas veinticinco grados. Y la ve. Ve la sombra.

Marta corre. Corre como nunca lo ha hecho.

Con el corazón en la boca y los talones dándole en el trasero llega hasta las escaleras que la llevan al andén.

El metro entra en ese momento y ella se apresura a bajar los escalones.

Uno, dos, tres, seis, diez.

Su precioso zapato de doce centímetros se queda en el noveno y su pie se tuerce.

El cuerpo de Marta se precipita hacia delante y las brazadas que lanza al aire no parecen servir de ayuda.

El tiempo se frena y el suelo está cada vez más cerca.

Ella gira la cabeza justo antes de que ésta se estrelle irremediablemente contra el escalón número veintitrés. Por primera y última vez puede mirar tras de si.

Y tras de si no hay nada. Sólo su sombra, sus miedos y su zapatito carmesí en el noveno escalón.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Recuerdos

Algunas noches al cerrar los ojos, de pie, frente a la ventana abierta, recuerdo el silencio de Karnak, reptando como una serpiente entre sus columnas. Es entonces cuando la calma me envuelve y encuentro cobijo en el fresco y húmedo viento mediterráneo que se cuela, como un ladrón de sueños, en mi habitación.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Vivir para siempre

- ¿Alguna vez has deseado vivir para siempre?- le pregunto mientras compruebo que la siguiente parada es Paral·lel

- Sí, una vez- se queda pensando y vuelve a hablar justo cuando se abren las puertas- pero esa no cuenta. Estaba enamorado

martes, 26 de octubre de 2010

El misterio de los calcetines


Arrodillada en el suelo tantea el hueco bajo mi cama, pero tampoco está allí. La observo mientras se incorpora con el calcetín viudo en la mano derecha y se muerde el labio inferior.
- Lola - reclamo su atención
- No encuentro el dichoso calcetín.
- Lola, cariño
- Siempre lo mismo. No sé dónde se meten.- sale de la habitación aún con la solitaria prenda en la mano y se dirige a la galería sin ni siquiera mirarme - A veces creo que es una broma.
Abre la lavadora y mete el brazo en el tambor vacío. Se agacha y husmea en su interior.
- Nada, aquí tampoco.
- ¡Lola! - la cojo del brazo para asirla y la miro intentando no llorar - Para por favor.
- ¿Sabes cuántos de estos tengo sin pareja?- me espeta poniéndome el calcetín en las narices.
- Lola, se ha ido.
Miro a mi amiga intentando encontrar algún gesto de comprensión, pero su cara no muestra nada. No hay reacción por su parte.
- Lola ¿me entiendes?
El silencio no ayuda. Ya no sé si es necesario comprobar si ella está bien y comprende lo sucedido o apartarme y dejar que continúe su búsqueda.
- Luís- pronuncio su nombre sin perder de vista sus ojos - ha tenido un accidente- ella tiembla - Lola, ha muerto.
Siento la gravedad de la situación en cada respiración y continúo escrutando sus reacciones, pero nada.
Ella se zafa de mí y me mira sólo un segundo antes de continuar aquella misión que hoy le sirve de muralla.
- ¿Dónde estará el maldito calcetín?

viernes, 15 de octubre de 2010

¿Profesionales o personas?


Anoche escuché una frase que se ha quedado clavada en mi mente. Decía algo así
"Una educación básica no debe conformarse con formar profesionales sino personas"
Creo que era el que fue encargado de cultura en la II República, uno de los pedagogos de La Residencia de Estudiantes que este año está de celebración.
Tras la frase me surgió una duda: ¿Por qué no retomar ese tipo de educación después de la muerte del dictador si parece que es un hecho la gran valía de este modelo?
Luego la indignación con una nueva pregunta: ¿Es que en este país sólo valen los profesionales y no interesan las personas?
Otro pensador español, también miembro de la residencia, dijo que el hombre (o mujer) que pensaba y no daba por ciertas las creencias tradicionales con las que se le había educado sin meditar antes sobre ellas, podía ser llamado individuo.
Es un concepto completamente diferente al que me ha llegado, pero tiene sentido que en mi bagaje el significado de "individuo" sea peyorativo.
Pensándolo bien, la individualidad, entendida como se expresa en la anterior cita rompería el movimiento que por inercia lleva la masa, llamémosle... borreguismo.
Y es que ¿qué le pasaría al pastor si sus ovejas empezaran a cuestionar no sólo sus órdenes, sino también sus rutinas y decidieran por sí mismas? En mi opinión este pastor necesitaría recurrir al valium en más de una ocasión.
Actualmente se habla de "los niños del tercer milenio" (os dejo un enlace con información http://www.scribd.com/doc/28362280/Los-ninos-del-tercer-milenio-articulo-de-Noemi-Paymal-publicado-en-la-revista-Mente-Sana ) que vienen a ser esos supuestos nuevos modelos de niños con inquietudes que no satisface la escuela actual y que son pasto de etiquetas como la de hiperactividad, soñadores, TDA...
Pero yo estoy convencida de que si no los niños (que también) los maestros del tercer milenio ya existían en 1910.

miércoles, 13 de octubre de 2010

¿Matan las escuelas la creatividad?


Desde hace tiempo (y hablo de siglos) el triunfo laboral era tal cuando sucedía en determinados gremios. Y la forma de evaluarlo era el dinero.
En una sociedad cada vez más preocupada por este "triunfo" son cada día más personas las que intentan destacar en el puñado de profesiones con prestigio. Pero no hay sitio para todos y lo que antes era exclusivo ahora pertenece a la masa, al vulgo y se convierte en vulgar y devaluable.
Pero mejor entrad en el siguiente enlace y disfrutar de un gran orador y unas cuantas verdades:
http://video.google.com/videoplay?docid=-9133846744370459335#

El Sr. Destino y la Sra Suerte

Algunas tardes de lluvia como ésta, sentada en mi sofá y protegida por mi suave mantita, mi cabeza se niega a tomarse un descanso.
Hoy me pregunto si es el destino el final de un camino o el fin.
Últimamente creo que lo que hasta ahora llamaron destino no es más que el desarrollo de los dones (otra palabreja con toque místico) con los que nacimos y no los que adquirimos, que esos son comunes y no se disfrutan igual.
Por eso, si antes me molestaba la típica pregunta de: ¿pero eso tiene salida?, ahora me enfurece. Y me enfurece porque cada mañana encuentro personas asqueadas con aquello a lo que dedican la vida.
Alguien me dijo una vez que tenía suerte de trabajar en aquello que me gustaba.
¿Suerte? ¿Qué es la suerte sino oportunidades que se toman con sus riesgos incluídos?
Por eso hoy pienso en mi destino repasando mis cualidades y mis deseos y poco a poco voy teniendo una imagen clara de este.
Os escribiré desde allí, cuando llegue

martes, 14 de septiembre de 2010

El mensaje

Sigo repitiéndome que este trabajo de mierda es sólo para pagar mi alquiler, que no estaré toda la vida limpiando mesas y siendo diana de las angustias del ciudadano medio adicto a la cafeína. Pero cada vez me resulta más difícil ver la posibilidad de algún cambio en mi vida en un futuro lejano, cercano o probable.
Voy hacia la mesa 7, zona de fumadores. Detesto el olor del tabaco y este tío fumaba negro.
Resoplo y empiezo a hacer una bola con el mantel de papel.
Algo llama mi atención, algo que en un primer momento parecen garabatos y después se me antojan jeroglíficos.
Miro a mi alrededor como si estuviera a punto de cometer un delito antes de arrancar la parte escrita y meterla en el bolsillo del delantal. Tiro el resto del mantel a la basura y me escabullo al almacén donde despliego mi adquisición.
Definitivamente son palabras escritas con una letra lamentable, pero palabras con significado al fin y al cabo.
Mi vista las recorre con avidez hasta que las descifra y luego, más lentamente, releo aquél mensaje que vomitó el tipo de los ducados.
"Ya no tengo tu vientre para derramarme y mis hijos, aquellos que no nacieron ni nacerán, se niegan a resbalar sobre otra piel. No sé morir entre otras piernas ni resucitar amarrado a un cuello que no sea el tuyo.
Sólo deseo sentir aquel íntimo abrazo de tus piernas y mi cintura, comprobar la elasticidad del deseo en tu cama y verte bucear en aquellos ojos que describiste acuáticos: los míos.
Si tan sólo..."

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Y tembló la tierra



El atardecer inundaba de colores cálidos toda la estancia transformando el paisaje y otorgándole un carácter poético, casi mágico que prácticamente había perdido con el tiempo y con lo que los blancos llamaban progreso. Era un regalo para los sentidos el ocaso del día. Sanuye en el crepúsculo de su vida se entristecía al presenciar aquel bello espectáculo, pues siendo poseedora de un tesoro, no podría legarlo a sus descendientes. Ese tesoro parecía inútil en aquella época que le había tocado vivir, ese bien no era otro que su lengua, el alma de su pueblo sometida al horrible y ridículo lenguaje del invasor, guardada en un rincón y olvidada por los suyos.


Así cuando ella muriera se llevaría consigo las historias de los grandes guerreros que tantas veces escuchó junto a un fuego de invierno, el nombre de sus dioses y como el coyote atravesó el gran río, la hegemonía y fuerza de los Salisha y su espíritu pacífico y conciliador, pero también fuerte, enérgico e inapelable, siempre respetuosos con la tierra, el aire, el fuego, los amigos y los enemigos. Todo esto desaparecería y pasaría a ser sólo una sombra perdida en una noche sin luna.

"¿Pero qué puedo hacer yo? Una mujer anciana y nativa, no puede hacer mucho hoy en día, sólo esperar que tiemble la tierra y llegue la muerte, sólo esperar." Pero Sanuye nunca se había rendido, nunca había desistido en toda su vida y decidió pedir ayuda a aquellos que hace mucho tiempo atrás habían protegido a su pueblo: los dioses.

"Y alzaré mi plegaria al sol y a su hermana luna, a los espíritus de mi pueblo en el firmamento y, aunque hace mucho que nos abandonasteis, y que mi pueblo se vio vejado, apartado de las tierras que moraban, obligado a adoptar la cultura, la lengua y el alma de aquellos que tomaron la tierra como suya y la dañaron con total impunidad, a vosotros me dirijo. Permitid, al menos, que quede en la memoria el nombre de un pueblo que vivió, sintió, pensó, habló y actuó de manera diferente. Permitidme que salve mi alma y la de los míos del olvido."

Aquella noche de luna llena Sanuye la pasó en vela, lanzando ruegos a las estrellas, derramando desesperadas lágrimas por aquello que todavía le daba un sentido a su existencia: su identidad.

˜™

A varios centenares de kilómetros al sur de la reserva de la tribu Salisha yo daba vueltas en la cama intentando no pensar en el proyecto lingüístico de estudio de campo que había propuesto, el último de una larga lista. Y es que a pesar de haber sido una de las mejores de mi promoción todavía no había conseguido subvención alguna para ninguno de los proyectos que había presentado, y, aunque me negaba a aceptarlo, cada vez me parecía más obvio que en este constante rechazo jugaba, de alguna manera, un papel demasiado importante el hecho de que fuera una mujer.

Sin poder soportar estar ni un minuto más en aquella cama me levanté furiosa y me dirigí como una flecha hacia la ventana. Enérgicamente, con una violencia que me sorprendió, abrí de par en par sus hojas y dejé que la brisa del Pacífico alejara de mí todos aquellos pensamientos con su tonificante caricia salina.

Tras respirar profundamente volví a mi cama casi con pereza, dejando abierta aquella ventana a la esperanza y al fin, después de noches en vela, conseguí dormirme.

˜™

El insistente timbre del teléfono no paró de sonar la mañana siguiente, así que no tuve más remedio que coger el auricular y, en duermevela, escuchar la familiar voz del director de mi departamento de la Universidad a través del hilo telefónico.

-¿Alana O..Braidy?

-Ahá

-Alana, soy el Dr. Brian Hughs. ¿Alana, me oyes?

-Sí, sí, perdone, dígame.

-Buenas y malas noticias Alana ¿cuál quieres oír primero?

-Las buenas por favor, tal y como tengo la cabeza hoy no creo que soportara empezar el día recibiendo una mala noticia.

-Está bien. Pues allá va la buena noticia: ya tienes una subvención asignada para un proyecto, pero…

Di un salto de la cama y, por supuesto, sin apenas hacer ruido empecé a dar saltos por toda la habitación mientras la voz electrónica me reclamaba al otro lado de la línea. Pero ¿qué más habría que decir? Tenía mi subvención, tenía mi proyecto,… ¿mi proyecto?

-¿Alana? ¿O’Braidy? ¿Sigues ahí?, por favor Alana todavía no he acabado.

-Sí, sí, sigo aquí. Entonces ¿al fin tengo subvención para llevar a cabo mi proyecto?

-Bueno, en realidad tienes subvención para llevar a cabo un proyecto.

-¿Cómo que un proyecto?

-Llevarás acabo un estudio lingüístico en toda regla, pero no será el que tú propusiste.

-¿¡Qué!?

-Lo siento, hice lo posible, pero lo denegaron, ya sabes como funcionan las cosas...

-No, no lo se.

-Entiéndelo, el tema está así, pero conseguí que te incluyeran en un trabajo de campo muy importante de catalogación de lenguas, tenían una vacante y un fuerte candidato, pero tras mucho insistir te han tenido en cuenta. Sé que eres la persona más indicada para el puesto y que, por méritos propios, hace tiempo que deberías estar trabajando en esto, pero las cosas por desgracia no funcionan así. Te aseguro que es muy interesante…

Ya no prestaba atención a lo que Hughs me explicaba, ya no me interesaban sus ofertas. Mi proyecto, denegado, otra vez. ¿Por qué?

-Alana, hazme caso, no lo rechaces, es una oportunidad única, estarás tú sola, podrás demostrarles lo que vales, yo sé que eres muy buena, acepta el proyecto, al menos piénsatelo.

-Pero no lo entiendo – yo no quería tener que demostrar nada a nadie, ya había sacado las mejores notas en mi carrera, en el doctorado y en los dos master, para ello tuve que renunciar a gran parte de mi vida, a mi amor, a tantas cosas. Estaba harta de que se me exigiera más que al resto. El hastío me embargaba. – por ser mujer.

-Alana, no, no pienses eso. Sólo prométeme que vendrás mañana al despacho. Ven a verme, sólo considéralo ¿de acuerdo?

-Está bien, pero…

-Entonces mañana nos vemos.

La línea se cortó, la conversación, al menos en la práctica había acabado, pero yo sentía que me quedaban muchas cosas por decir, por replicar y preguntar, y, poco a poco mi cara se fue humedeciendo con agua salina. Pequeñas, pero incesantes lágrimas recorrían mi rostro precipitándose después sin remedio al vacío. Y, mientras las suicidas bañaban mi cara, decidí darle una oportunidad a ese trabajo taxonómico que había usurpado mi subvención.

˜™

Al día siguiente acudí a la cita con el Dr. Hughs, que siempre me había apoyado, y después de muchas dudas el proyecto se me hizo más atractivo ya que tenía sus retos. Se trataba de intentar recopilar la mayor cantidad posible de información semántica y morfosintáctica sobre lenguas que estaban prácticamente extintas, pero teniendo en cuenta el factor cultural de la lengua, es decir, que entraba en juego algunos criterios antropológicos además de los meramente lingüísticos.

Era una tarea inmensa, demasiado extensa para ser llevada a cabo por un solo grupo de personas, y esto derivó en la decisión de que era absolutamente necesario hacer pequeños grupos de trabajo de dos o tres personas que se centrarían en catalogar lenguas específicas.

Brian Hughs en un principio formó equipo conmigo de manera simbólica, ya que con su labor en la Universidad no podría desplazarse para realizar las tareas pertinentes del trabajo de campo. Pero quiso que constara su nombre, no para poder adquirir méritos, sino para paliar la posible lluvia de críticas y prejuicios hacia mi trabajo, y es que en 1985, aunque nadie quisiera reconocerlo, la diferencia entre los sexos seguía siendo importante a pesar de la revolución acaecida en los años cincuenta, sesenta y setenta. Así pues, para poder ocupar un cargo importante dentro de cualquier organización, una mujer tenía que renunciar a todo lo demás (familia, amor, etc.) y centrarse completamente en sus objetivos laborales y no personales, y, a menudo, ni siquiera de esta forma lo conseguía.

Por esta razón Brian quiso dar su nombre a mi trabajo como un padre da su apellido a un hijo para, de alguna manera, legitimarlo ante el mundo. Pero el hecho era que yo me creía (y me creo) tan válida como cualquier hombre para darle mí "apellido" (tan legítimo como cualquier otro) a mi "hijo" y ser madre soltera del resultado de mi investigación, de mi trabajo y esfuerzo, y única responsable de los posibles errores, pero también de los aciertos, y merecedora de las críticas y los aplausos.

Y así me había puesto en marcha con mi Renault 5, un coche europeo que había sido objeto de burlas por parte de mis compañeros por su pequeño tamaño, recorriendo parte de California, atravesando el estado de Oregón y Washington hasta llegar a la reserva de los Salisha entre Seattle y Vancouver.

˜™

Era media tarde, y el sol se colaba entre las grandísimas coníferas que bordeaban el camino de la reserva cubriéndolo con sus ramas y formando un bello túnel natural, el cual se extendía un centenar de metros hasta una construcción de madera que daba la bienvenida al visitante con su sobriedad y robustez. Y, un poco más adelante, otras construcciones similares se distribuían en una zona despejada ya sin tanta vegetación junto a un precioso lago.

Unos niños correteaban vociferando por el poblado mientras varios adultos adecentaban los porches, o charlaban animadamente, pero toda actividad cesó cuando mi coche con su terrible ruido resonó en la pequeña plazuela. Y mi cara cambió de color para convertirse en una fresa que lentamente se escondía entre mis hombros ante la mirada expectante de los habitantes.

Paré el coche esperando alguna reacción por parte de aquel grupo de personas, tal vez un saludo o un acercamiento, pero nada ocurría y allí estaba yo, con mi cara de fresa y una sonrisa estúpida y nerviosa. "No podemos quedarnos en el coche todo el día, así que abre la puerta, sólo abre la puerta y sal del coche" me apremiaba a mí misma insistentemente y, después de unos segundos en los que nada pasaba, conseguí abrir la puerta y salir de mi Renault.

-Buenas, me llamo Alana O’Braidy, busco a- el papel, ¿dónde había metido el papel? Nunca encontraba nada en aquel bolso y, ese nombre, era incapaz de recordar ese nombre.

-Sanuye.- una voz grave y cálida interrumpió mis vacilaciones

-¿Perdón?- busqué con la mirada a la persona que me había hablado y descubrí entre mis espectadores a un muchacho de unos veinte años alto y fuerte como un roble con una lacia y negra melena parcialmente recogida en la nuca, que me miraba con ojos inexpresivos.

-¿Es usted de California?

-Sí - a penas podía contestar nada más, su mirada quemaba.

-Entonces es usted a la que la anciana Sanuye espera.- me esperaban.

-Ah, bien, y ¿dónde…?

Sin que me diera tiempo a acabar la frase el joven giró sobre sus talones y comenzó a andar mientras yo me apresuraba a recoger el material y seguirle y la aldea recuperaba su actividad cotidiana. Los niños seguían corriendo y jugando contentos de que hubiera dejado el coche en medio de la plaza y de poder utilizarlo como un elemento más en sus juegos.

-¿Debería mover el coche?- pregunté mientas recogía la carpeta que se me había resbalado entre las manos.

-No se preocupe no interrumpe el tráfico, es demasiado pequeño

¿Eso había sido un comentario irónico? Al menos lo había parecido así que dejé escapar una suave risa, que no tuvo respuesta de ningún tipo.

Al fin llegamos a la casa, era similar a las demás pero tenía el dibujo de un sol en el dintel de la puerta que llamó poderosamente mi atención. Para cuando reaccioné, el muchacho ya no estaba a mi lado y se alejaba sin mediar palabra. Vestía de forma bastante parecida a los chicos que veía en las calles de San Francisco: vaqueros, camiseta negra de manga corta y zapatillas. Pero su pelo, su forma de actuar y el magnetismo que emanaba le hacían claramente diferente a aquella juventud sin valores con la que me atrevía a compararle.

-Buenas tardes

-Eh, buenas tardes, ¿es usted…? - otra vez el dichoso nombre, ¿dónde habría metido el papel?

-Sanuye, me llamo Sanuye.

-Encantada, mi nombre es Alana O’Braidy

- Bien Alana O’Braidy ¿quieres pasar o prefieres quedarte ahí plantada?

Un aroma a hierbas aromáticas envolvía toda la estancia haciéndola acogedora y fresca. La chimenea ocupaba un lugar importante frente a la puerta de entrada y sobre ella dos retratos antiguos en sepia. En la primera un jefe indio en pie, firme como una roca coronado por su penacho de plumas, tenía una mirada inexpresiva y ardiente que me recordaba a la del chico de la larga melena que me había conducido hasta aquella casa. Y la segunda fotografía mostraba a una bella mujer con el pelo recogido en dos trenzas que le caían sobre los hombros, enmarcando una preciosa cara redonda de mandíbula marcada con unos ojos oscuros como la noche y unos labios tiernos. Y en su regazo una niña de unos tres años que resplandecía de alegría y rebosaba fuerza espiritual.

-¿Qué significa Alana?

-¿Perdón?

- Sanuye es el nombre de las nubes rojas del crepúsculo, y ¿Alana? ¿Qué significa Alana?-

- No sé, a mi madre le gustó como sonaba, supongo.

-No entiendo como vosotros podéis darles nombres a vuestros hijos vacíos de significado, pero entiendo por qué sus vidas tampoco lo tienen.

- No tienen el qué

- Significado, sentido. Al menos eso todavía lo mantenemos, pero pronto nos olvidaremos de nuestros nombres, nos olvidaremos de nosotros mismos.

Un silencio pesado casi claustrofóbico se apoderó de la pequeña casa y yo sentada frente a la anciana con la grabadora en la mano tenía una sensación de duelo, mientras miraba la expresión triste de una cara recia, pero hermosa, surcada por arrugas como su vida estaba surcada por experiencias inimaginables, por conocimientos importantísimos que yo quería recopilar y que ella deseaba compartir. Pero por alguna razón aquella tarde ninguna de las dos habló, miramos por la ventana hacia el lago, hasta que las nubes rojas del crepúsculo aparecieron y el rostro de mi anfitriona se ensombreció aún más. Fue entonces cuando empezó a hablar.

˜™

Durante seis semanas aprendí que todo lo que hacemos a los demás y sobre todo a la tierra nos es devuelto, aunque no lo creamos, que el alba y el crepúsculo huelen de manera diferente, que mi nombre significa "reina", también el nombre de los vientos, las plantas, los árboles, las nubes y las estrellas me fueron enseñados.

Descubrí que en otras sociedades las mujeres son inmensamente respetadas ya que son capaces de dar vida. Que su sabiduría es muy valorada.

Soñé con el gran coyote que guió a los Salisha hasta el otro lado del gran río, y con el gran héroe Akecheta que luchó contra los Hurones y cuyo nombre significaba exactamente eso, luchador, y también con el hechicero Paytah (fuego) que me bendijo y me entregó la fuerza del oso de las montañas y el coraje del puma.

Y acabé enamorándome de la cultura, de la tierra, de la lengua y de la gente.

˜™

Aquel día las dos mirábamos el ocaso como dos espectadoras de uno de los mejores teatros en butacas privilegiadas, y, al aparecer los primeros destellos naranjas, seguidos de los rosados y los rojos, Sanuye sonrió, y su mirada irradió una sensación de paz que rebotó en la pared e impactó en cada rincón de la sala y de mi cuerpo.

- Este atardecer es diferente Alana, ya no me entristece esperar el temblor de la tierra.

-¿El temblor?

-Mi gente siempre ha estado unida a la tierra, tanto que cuando la abandonamos para marchar al firmamento la tierra tiembla como una madre que presiente la partida de su hijo. Nunca he temido que la tierra temblase, pero antes de que vinieras sentí dolor, sentí tristeza por que no quería llevarme en mi viaje a las estrellas el alma de mi pueblo, sino sólo la mía. Y recé y le pedí a mis dioses que me enviaran a alguien que fuera digno de poseerla, de guardarla y de transmitirla para que no se pierda jamás toda la sabiduría que durante años mi pueblo atesoró con esmero.

Y los dioses que son sabios te enviaron a ti, una joven mujer, para que cuidaras de este tesoro. Y tú has aprendido a querer todo lo que era mío, y así enseñarás, como una madre enseña a su hijo, y esparcirás por el mundo, como se esparcen las semillas en septiembre, todo lo que te he mostrado.

Cuando la tierra tiemble, Alana, te daré las gracias y me marcharé con toda la alegría que nunca debí perder.

- Cuando la tierra tiemble- repetí inconscientemente y una diminuta lágrima se desprendió de mis pestañas y rodó por mi mejilla, como una mínima muestra del inmenso cariño que sentía por aquella mujer fuerte y regia que, a sus ochenta años, irradiaba fuerza, coraje, amor y sabiduría por todos los poros de su piel. Que volvía a parecerse a la niña de la foto de la chimenea.

Mas no derramé ni una sola gota más de agua salina, pues había entendido que ese final, como todos los finales, era necesario para que así pudiera existir un comienzo. Ella había aprovechado cada segundo de su vida y sentía que ya no tenía nada más que hacer. Y yo debía respetarlo

Con sus grandes manos Sanuye sujetó mi cara y aproximó mi cabeza a la suya dejándola descansar en su frente mientras me hablaba en lengua Salisha, y, con el arrullo de aquel idioma, mis inquietudes y preocupaciones desaparecieron poco a poco, como desaparece la niebla o se retira el mar con las mareas.

˜™

Ya era tarde y debía volver a San Francisco, pero me dolía marcharme, me apenaba dejar aquel lugar que me había aceptado como un miembro más de la comunidad, aquel asentamiento que ya casi consideraba mi hogar.

-He de marcharme- las palabras salieron a regañadientes de mi boca.

-Lo sé

-Prométeme que me contarás historias de los grandes jefes Salishas, sus guerreros, sus fuertes mujeres, prométeme que lo harás cuando vuelva, porque voy a volver.- Sanuye me acogió en su regazo mientras me acariciaba el pelo suavemente enredándolo con delicadeza entre sus dedos para después dejarlo libre.

-Lo haré mi reina, pero sigue tu camino.

"Mi camino. Sí, debía seguir y descubrir cuál era ese camino. Todos tenemos una senda que debemos recorrer aunque algunas veces nos desviamos de ella" Sin dejar de pensar me levanté decidida y cogí mis cosas.

Sanuye había abierto la puerta y me dio su bendición como cada vez que yo abandonaba su casa. Y mientras me alejaba sentía en todo momento su mirada en mi espalda, como una guardiana, y me supe segura.

Arranqué el coche y sonreí recordando la primera vez que yo entré con mi Renault 5 en aquella aldea, ¡cómo me miraron! Yo deduje que nunca habían visto un coche. Qué arrogante por mi parte, pues lo que nunca habían visto era un coche tan pequeño que hiciera tanto ruido. Una carcajada estalló en el automóvil en ese momento.

Mientras conducía de vuelta a casa por la autovía del estado de Oregón, orgullosa del trabajo que en esas seis semanas había llevado a cabo, admiré la labor que aquella anciana había hecho transmitiendo gran parte de un saber inmenso, los conocimientos de un pueblo que en su momento fue poderoso y hegemónico. Ella me había explicado que los conocimientos, los valores y en definitiva la educación habían pasado de madres a hijos, ya que eran las mujeres las encargadas de formar las cualidades internas de sus descendientes, pues los hombres ya se ocupaban de desarrollar las cualidades físicas de los mismos. Y por un momento intenté imaginar como sería un mundo en el que el inglés, mi lengua materna, estuviera a punto de desaparecer, ¿sería también entonces una mujer la encargada por cuestiones de azar de preservar parte de esa lengua?

No lo sabía, ni creo que llegue a saberlo nunca, solo sé que en el momento en que llegaba a San Francisco tuve una sensación extraña de seguridad.

Y, aquella noche en la reserva, tembló la tierra










Sara Fernández García

viernes, 27 de agosto de 2010

¿Qué relata el cuento que no nos cuenta el relato?

Hay una duda, una vieja conocida, que se presenta en mi puerta cada vez que envío un escrito a algún concurso. Se trata de la diferencia entre cuento y relato.

Personalmente tengo bastante clara la diferencia entre la sal y el azúcar aunque alguna vez confundí el recipiente con desagradables consecuencias para el paladar. Pero cuando se trata de diferenciar estos dos géneros ando algo perdida. Incluso he llegado a plantearme la posibilidad de que no exista tal diferencia (que cosas se me ocurren ¿no?)

Y cual fue mi sorpresa al descubrir que el profesor Fernando Valls, de la Universidad de Barcelona, dice lo siguiente: “no existe, hoy por hoy, ninguna diferencia entre cuento y relato, a la hora de designar el cuento literario, al menos en el castellano que se habla en España".

Pero claro, en esas convocatorias a las que viajan mis trabajos especifican claramente si se trata de un concurso de relatos o cuentos y luego están los que no se mojan, los concursos de narrativa corta.

Empar Moliner, en un programa de TV3, intentó distinguir entre uno y otro, pero no me pareció muy convincente. Decía que, si fuese una canción, el cuento acabaría con un “¡chin- pum!” mientras que el relato acabaría más bien como si pudiera continuar, acabaría con un “fade out”.

Así que sigo igual de confundida o peor, pues no paro de buscar "chimpunes" en todos mis escritos

miércoles, 25 de agosto de 2010

Reencuentro

La botella se vaciaba al mismo ritmo que vertíamos las novedades. Parecía imposible resumir aquellos tres años en un litro y medio de vino, pero las palabras y los gestos fluían al rededor de la mesa, tan lejos de aquella que conquistábamos cada mañana en el club social, a borbotones.
Las noticias dieron paso a las anécdotas compartidas en un tiempo pasado y luego... un silencio con sabor a Rioja.

- ¡Tres años!

Asentí mientras suspiraba.
No tenía ni idea de a cuántos días equivalían, nunca fui buena en matemáticas y siempre creí que el tiempo se parecía más a un chichle, que se estiraba y encogía de forma caprichosa y poco favorable, que a una línea recta. Pero en aquel momento, tres años se me antojaban fugaces.

- ¿Sabes? Ahora mismo juraría que no han pasado ni tres días.

Sonreímos y asentimos mirándonos complacidas.

- Hagamos un pacto - Serví el poco vino que quedaba y levanté mi copa.- No más años en blanco.
- No más años en blanco.

No sé si fue el sonido del brindis, la promesa en sí o la alegría que nos desbordaba la que provocó la estampida de proyectos, pero fue un placer hablar del futuro y construir hipótesis de nuevo contigo.

miércoles, 21 de julio de 2010

Memorias de un Sombrero de copa



En 1962, año en el que Barcelona sufrió la gran nevada, la ciudad tenía 1.557.863 habitantes entre los que se encontraba un pequeño de 10 años con ojos curiosos siempre en busca de algo con que saciar su sed de conocimientos.

- Josep Maria Puig Soler vine de seguida!

Si hay una generalización cierta es, sin lugar a dudas, que cuando una madre llama a su hijo por su nombre completo y apellidos se avecina una reprimenda de las que hacen historia, y Josep no estaba por la labor de recibirla.

Pegado a la pared que comunicaba la portería en la que vivían con la escalera, se deslizó hasta la pequeña puerta entreabierta y, con su agilidad infantil, se escabulló de los gritos de su madre.

Una vez en la calle tomó una gran bocanada de aire y echó a correr Passeig de Gràcia abajo riéndose de forma nerviosa, sintiendo la euforia propia de una fuga victoriosa.

Aquella tarde de Mayo el sol jugueteaba con las hojas de los árboles y la ciudad rezumaba vida.

En su carrera llegó a Plaça Catalunya y se entretuvo provocando el vuelo de las palomas, persiguiéndolas y gritando como un bárbaro.

Pasados unos minutos el juego había perdido toda su gracia. Así que Josep se enfundó las manos en los bolsillos de su pantalón corto y siguió caminando ramblas abajo hasta llegar a la rambla donde pollos, tórtolas, conejos y demás animales domésticos se exponían para su venta.

- Bona tarda Josep

- Bona tarda Don Biel

- ¿Qué me cuentas chico?

- Poca cosa señor. No hay manera de convencer a mi madre- decía el niño encogiendo los hombros y mirando a un pequeño cachorro negro que estaba en una caja de cartón frente a él.

- Bueno hombre, tú sigue intentándolo, ya sabes que la insistencia puede…

- …derrumbar las más fuertes murallas, sí lo sé Don Biel –se frotó la nariz con la manga de la camisa y se enderezó- bueno, me marcho. Que tenga usted un buen día.

- Tú también pequeño.

Subió de nuevo hacia Plaça Catalunya y giró a la derecha por la calle Canuda. Como todos los días se asomó al gran portón del Ateneo Barcelonés y observó la escalinata mientras se mordía el labio inferior. Sabía que en la planta de arriba había un jardín y una sala donde jugaban al ajedrez, pero nunca había conseguido entrar.

Tras comprobar que no había nadie en el interior echó a correr subiendo los escalones de dos en dos, abrió bruscamente la puerta de cristal y ¡zas! se dio de bruces contra el conserje.

- ¿Otra vez tú?

El hombre agarró el brazo del pequeño con brusquedad, abrió la puerta que acababa de atravesar como una exhalación y tiró de él escaleras abajo.

- ¡Me hace daño, oiga!- protestó

- No te lo haría si dejaras de intentar entrar.

- Pero ¿por qué no puedo entrar?

- Porque no eres más que un mocoso – Josep se zafó de la mano que aprisionaba su brazo y se cuadró- Además no eres socio. ¡Vete a jugar a otra parte!

El chiquillo volvió a meter las manos en sus bolsillos y se dirigió a la puerta arrastrando los pies. Al llegar a ella, miró hacia atrás para comprobar que, efectivamente, el bedel le observaba, dio entonces un puntapié al dintel y salió corriendo como alma que lleva el diablo hacia Portal de l’Àngel.

No dejó de correr hasta que llegó a la catedral. Se paró, apoyó las manos en las rodillas y respiró profundamente.

Una vez recuperado el aliento siguió andando sin un rumbo marcado. En la calle de la Princesa número once Josep frenó en seco. Era una tienda con la fachada de madera color rojo sangre, en el letrero se podía leer en letras doradas: El Rey de la Magia. Sus escaparates captaron la atención del chico de inmediato.

Allí estaba yo junto a cartas, cubiletes, pelotas, dedales, flores de plumas y otros muchos artilugios que no supo definir. Miró entonces la puerta de dos hojas estrechas. Los cristales inferiores estaban cubiertos por una tela color escarlata colgada por la parte interior, lo cual impedía saber qué había al otro lado.

Intentó ver qué se escondía allí pegando la nariz al vidrio y la puerta cedió a penas unos centímetros. Josep se retiró en un acto reflejo, frunció el ceño, ladeo la cabeza y soltó un “bah” que ayudara a sacudirse esa sensación extraña de intriga con una pizca de temor.

Posó entonces su mano en la puerta y la abrió lentamente. Ésta rechinó y se quejó de ser abierta. Dentro, la iluminación era tenue y el espacio reducido.

Había una vitrina en la pared de la derecha que llegaba al techo y otra más bajita que hacía las veces de mostrador, enfrente otro mostrador y más allá una cortina negra con cuatro ases tejidos en terciopelo blanco. En la pared izquierda otra vitrina con objetos similares a los de los escaparates y fotos, varias fotos en blanco y negro.

Josep dio un pasó más y dejó libre la puerta que se cerró de golpe haciendo sonar una decena de campanillas. Aquel estallido de ruido le sobresaltó y se quedó parado con los ojos muy abiertos en el centro de la estancia.

- Tranquilo muchacho- el niño dio un salto al descubrir que junto a la pared de los retratos había un hombre sentado en una silla.

- Pe…perdone, es que … es que no le había visto

El hombre soltó una carcajada y se levantó con dificultad.

- Pero no porque fuera invisible que eso aún no lo he conseguido muchacho. Al estar la puerta abierta no podías verme, estaba tras ella.

- Ahá- acertó a decir mientras alzaba la vista y descubría las campanas causantes del alboroto.

Su interlocutor acercó y le tendió la mano. Él, aún mirando a su alrededor, la aceptó y ofreció la suya.

- Bienvenido al Rey de la Magia jovencito.

La puerta volvió a abrirse y entraron dos jóvenes de unos diecisiete años vestidos con pantalones largos de pinza y camisa blanca impoluta. Ambos llevaban consigo una cartera que Josep imaginó llena de libros.

El pequeño observó los zapatos de los nuevos visitantes. Eran como los de los señores que vivían en el piso de Gràcia. Debían estar estudiando para notario o médico porque su madre siempre que él le pedía unos zapatos nuevos como los de los vecinos le contestaba que ellos eran notarios, médicos, gente importante, y que cuando él fuera un notario conocido y respetado podría comprarse unos.

Pero Josep no quería ser notario, a él sólo le interesaban tres cosas: el ajedrez, averiguar como funcionaba la maquinaria de las cosas desmontándolas (para desesperación de su madre) y ver a la señorita Eulàlia subir las escaleras.

Y mientras pensaba en el movimiento de las caderas de la mujer escuchó aquella voz, una voz que se le quedaría grabada el resto de su vida. Una voz firme, regia y contundente.

- Buenas tardes caballeros

- Buenas tardes- contestaron los estudiantes al unísono

- Y ¿bien?- Josep intentó ver desde donde estaba al dueño de aquella voz, pero le era imposible y sentía cierto reparo a acercarse al grupo.

- Ya hemos terminado el libro que nos dio del padre Ciuró.

- Y supongo que ahora buscan algo de material.

El hombre que momentos antes le había dado la bienvenida apoyó su mano sobre los hombros del chiquillo y le invitó a aproximarse. De puntillas el mostrador le llegaba a la barbilla, suficiente para poder escrutar la figura que aparecía tras la cortina en ese momento con un objeto entre las manos, que a él le pareció ser muy preciado por la delicadeza con la que lo manipulaba.

El hombre al que pertenecían dichas manos era mucho más bajo que el que le había saludado al entrar, pero parecía un gigante. La expresión de su cara era serena y pétrea. Su nariz alargada y fina y su mandíbula cuadrada parecían haber sido talladas con cincel, solo sus cejas y sus pequeñas orejas suavizaban aquel rostro iluminado por una mirada llena de fuerza que no prestó atención al asombró del niño.

Aquello era importante. Cada movimiento, cada pose y expresión de aquél rostro formaban parte de un todo magnífico que culminaba con un hecho inesperado, imposible y la admiración de las cuatro personas que se encontraban allí.

¡Era magia, magia auténtica!

Tras varias demostraciones la mirada del mago se dirigió a Josep. El pequeño sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y creyó empequeñecer.

- Y usted, ¿qué desea?

- ¿Yo?, na… na… nada señor, ya me marchaba. Gra… gracias.

Tras una reverencia automática giró sobre sus talones y fue hasta la puerta con la mirada de los cuatro hombres colgada en la nuca y un sudor nervioso que le apremiaba a salir de allí.

El sonido de las campanillas le pareció una odiosa risa burlona, aceleró el paso hasta que se convirtió en una carrera y así, corriendo, llegó hasta el portal de su casa mordiendo todas las palabras que podía haber dicho.

Con la rabia en la mandíbula y en los puños entró en el rellano y se dirigió hacia la portería.

Un golpe certero y el escozor en la nuca le devolvieron a la realidad.

- ¿Pero se puede saber de dónde vienes?, tira “pa” dentro y tira “pa” dentro que como te coja…

Miró a su madre que alzaba la mano y movía la cabeza como signo de desaprobación tras de sí y entró en la portería con la cabeza gacha mientras escuchaba como un vecino se pronunciaba en su defensa.

- Pero mujer es sólo un muchacho

- Un muchacho que va a acabar conmigo a disgustos

Durante los siguientes días veía a Josep paseando por la calle Princesa delante de la tienda con la espalda muy recta y mirando de soslayo la entrada. Observaba como miraba a los clientes que se adentraban en el establecimiento con facilidad y sin temor, pero él sólo alcanzaba a petrificarse junto al escaparate con aquella pregunta clavada en la mente: Y usted, ¿qué desea? Sin llegar a encontrar una buena respuesta.

Y así pasaron varias semanas.

Una tarde en la que la indecisión hacía mella en su cuerpo junto a la puerta del establecimiento ésta se abrió. Un joven cargado de libros salía por ella intentando no perder ningún ejemplar en la maniobra y antes de cerrar miró al niño y le preguntó:

- ¿Pasas?

- ¿Yo?

- Sí, tú, ¿pasas?

- Eh… sí, sí

Al entrar Josep se tomó un poco más de tiempo en saborear cada detalle: el cortinaje de terciopelo rojo que cubría lo que parecía un altillo, las botellas de la vitrina más alta, el sonido del suelo de madera bajo sus pies, aquel olor tan especial que no conseguía definir pero que le agradaba y las diferentes reacciones de los allí presentes ante el espectáculo que se ofrecía tras el mostrador.

Se acercó un poco más situándose a un lado del mismo de tal forma que pudiera ver la cara de las tres personas que se encontraban en aquel momento en la tienda.

Sintió el despertar de la inocencia que dormitaba en ellos y cómo lo que acababan de ver había zarandeado todas sus creencias previas fijadas a conciencia en su razón, como surgía la sonrisa y luego la afirmación: “¡no es posible!”

Josep lo tenía claro, aquello era exactamente lo que deseaba.

Carraspeó mientras se erguía como cuando recitaba los reyes godos en la escuela y esperó la mirada del mago

- ¿Algún problema pequeño?

- No - aquella no era la pregunta para la que había estado buscando respuesta tanto tiempo. Sintió que la inseguridad intentaba instalarse de nuevo en su interior, pero no estaba dispuesto a pasar otro mes y medio sin decirle a aquel hombre lo que quería.

- Ningún problema señor, pero sí una pregunta- alcanzó a decir Josep.

El mago se dio por vencido ante la seguridad de aquel diminuto crío y su persistencia.

- ¿Y bien? ¿cuál es esa pregunta?

- ¿Qué hay que hacer para ser el mejor mago?

Una risa inundó la tienda, pero el muchacho se mantuvo firme y el mago vio esa mirada, aquella que hacía tiempo buscaba en sus discípulos, demasiado acostumbrados a conseguir todo lo que querían, y supo que no era un capricho de infante.

Por primera vez el gigante se puso a la altura del niño y le dijo unas palabras al oído, le tendió la mano y se forjó un pacto.

Aún hoy, antes de salir a escena, Josep acaricia mi ala y lanza una mirada al espejo. Y así, conmigo, su primer y único sombrero de copa, a modo de corona, rememora las palabras susurradas por quien fue su mentor en la magia durante tantos años y, mientras una voz conocida o extraña enumera sus éxitos, él sonríe recordando las risas de aquellos que sólo vieron en él a un niño demasiado pequeño como para ver por encima de un mostrador

jueves, 1 de julio de 2010

?

Subir la cuesta de enero no supone ni la mitad de esfuerzo que mantener un amor de media jornada y cuerpo entero.

viernes, 18 de junio de 2010

Todos lloran a Saramago

Así reza uno de los muchos titulares que introducen la triste noticia de la muerte del periodista, poeta y ser humano digno de admiración que fue y será (mientras tengamos sus palabras) José Saramago.

Y desde este rincón cibernético le digo adiós saboreando algunos versos suyos.

Las palabras son nuevas

Las palabras son nuevas; nacen cuando

al aire las lanzamos en cristales

de suaves o duras resonancias.

Somos igual que los dioses, inventando

desde la soledad del mundo estas señales

como puentes que abrazan las distancias

martes, 15 de junio de 2010

En la distancia

Con la lata de cerveza en alto coreaba al personaje que, sobre el escenario, cantaba aquel tema del otro lado del "charco" que invitaba a la risa y a la añoranza por igual y que siempre sonaba mejor cuanto más alto era el nivel de alcoholemia del público y el intérprete.
En la distancia veía como ella apuraba el contenido del recipiente y desaparecía entre la multitud, posiblemente al dejar la lata vacía en el suelo, para reaparecer recogiendo su pelo con ambas manos.
Me gustaba su imagen, su cuerpo bailando con movimientos que me recordaban a una serpiente, aquella inhibición resultado de la música, el calor, el alcohol. Era preciosa y no era el único que lo pensaba.
A un metro escaso de ella un hombre con barba le lanzaba miradas cada vez menos furtivas y más descaradas que no obtendrían fruto alguno.
Tras una sonrisa de satisfacción me acerqué y posé mis manos en sus caderas acompañando su "va y ven" mientras se giraba y su cara se iluminaba justo antes de estampar un beso largo y cálido en mis labios.